miércoles, 7 de mayo de 2014

El último abrazo

A duras penas, y tras varios intentos, consiguió introducir la llave en la cerradura. Dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre la puerta, apoyando su frente contra ésta. Los primeros rayos de sol comenzaban a vislumbrarse y continuaba completamente ebrio.

-         “Patético”, balbuceó, mientras giraba la llave dos veces hacia la izquierda.

Con un leve empujón, abrió la puerta y entró en casa. Torpemente, se descalzó y se quitó los pantalones en el pasillo, intentando no perder el equilibrio. Se dirigió hacia el amplio salón con su portátil en la mano, y se sentó en el sofá. Buscó en Itunes el álbum ‘Legend’, de Bob Marley y le dio a play, al tiempo que sacaba de su bolsillo los restos de cocaína que le habían sobrado de esa noche. Abrió el envoltorio y lo vació sobre la tapa de un libro colocado sobre la mesa de salón. La farlopa era tan fina que no hacía falta machacarla. Tras alinear varias rayas, enrolló un billete de 500 Cedi y comenzó un proceso ya rutinario de cada fin de semana.

Sin contención alguna, esnifó dos líneas seguidas, encendió un cigarrillo, y se dejó hundir en el sofá, apoyando su espalda contra el respaldo. Y mientras observaba como el humo tras las primeras caladas se esparcía por el salón, notó como la droga comenzaba a hacer su efecto. Se sentía bien, ligero. Por unos momentos, todos sus tormentos salieron de él como demonios y le dejaron en paz: el recuerdo de su madre y de uno de sus amigos de la infancia, fallecidos apenas unas semanas atrás; los sentimientos permanentes de insatisfacción, desorientación, desamparo y fragilidad; las dudas acerca de su presente, de su pasado, de su futuro. Era temporalmente libre.

Los suaves acordes de la música del maestro del reggae se entremezclaban con el sonido procedente de la vieja máquina de aire acondicionado que a duras penas enfriaba su apartamento. Tras cada canción, volvía a encender otro cigarrillo; cada dos, esnifaba una raya más. Se quitó la camiseta, se levantó, y cerró los ojos. Su cuerpo se balanceaba al son de la música, de un lado para otro.

Don't worry about a thing
'Cause every little thing gonna be alright
Singing: "Don't worry about a thing
'Cause every little thing gonna be alright"


Sentía cada letra como si fuese suya. Las cantaba. Se emocionaba con ellas. Hasta que el álbum llegó a su fin, y con él, la tranquilidad interna que hacía tiempo que no disfrutaba. Y un tremendo vacío comenzó a invadirle el alma. Uno tras otro, todos sus demonios entraron de golpe por la ventana, empujados por la brisa tropical que suavizaba las temperaturas de aquella ciudad inmunda. Habían ocupado cada esquina del salón y no le dejaban respirar. Daban vueltas a la habitación, rodeándole. La claustrofobia le ahogaba. Estaba acorralado, prisionero de sus tormentos, que iban entrando en su cuerpo, oscureciéndole el alma con cada paso que daban dentro de él.

Volvió a sentarse en el sofá, pues le fallaban las fuerzas. Solo, semi-desnudo, en aquél país de mierda. Sintió vértigo como nunca antes lo había sentido. No era más que una mota de polvo en medio de la nada. Ni un punto de apoyo, ni un hombro sobre el que llorar. El calor tropical se tornó frío polar, y el amanecer en anochecer.

La soledad le hizo acordarse de su madre, a quien recurría tras cada tropiezo. Era su hijo pequeño, su ojo derecho, su protegido. Se fue de este mundo ignorando cómo era el  verdadero él. Ese él dominado por el desenfreno, el exceso, la impulsividad, la lujuria, la debilidad, el egocentrismo; y todos aquellos otros valores que ella despreciaba, no solo por sus profundas convicciones religiosas, sino también porque consideraba que lo alejaban a uno del equilibrio que todos buscamos. El hecho de pensar que su madre le pudiese estar observando, haya donde estuviese, le estremeció.

20 y tantos años aprendiendo de ella, y no había quedado en él ni una pizca de lo que con tanto amor le había inculcado. ¿En qué momento se desvió del camino?
-          “Lo siento”, sollozó con los ojos cerrados.

Dejó que las lágrimas corriesen por su mejilla. Hacía tiempo que no lloraba de esa manera. Cada gota que derramaba era un recordatorio de que ese ‘yo interno’ sombrío se había impuesto al resto de alter egos, convirtiéndole en alguien irreconocible.

A medida que el sol iba entrando por las ventanas del salón, se sentía más expuesto a su madre. ¡Estaba presente, lo notaba! Por unos instantes tuvo la tentación de abrir los ojos, con la esperanza de encontrarla sentada junto a él en el sofá. Rápidamente abandonó la idea, más por miedo a que se realizase que por considerarla absurda.

Pero no le hizo falta abrirlos. Aunque no físicamente, ella estaba ahí, escapando a cualquier esfuerzo suyo por entender lo que estaba ocurriendo. No estaba enfadada. Abrazándole, le sonreía mientras se llevaba dos dedos a la boca para peinarle con la saliva, como solía hacerle en su infancia. Aunque normalmente le recriminaba esta acción por considerarla repugnante, esta vez se dejó mimar. Había vuelto para salvarle del precipicio al que se acercaba dando pasos de gigantes. Apareció cuando más lo necesitaba, como siempre había hecho. Era su predilecto, al fin y al cabo.

-          “No llores, mi niño. No llores”, le repetía con dulzura. “Todo saldrá bien. Estoy contigo”.
-          “Lo sé”, dijo él, mientras intentaba esbozar una sonrisa, aún con los parpados cerrados.

Y en la tranquilidad de aquella mañana de domingo ghanesa, con el rebuznar del asno del vecino, durmió profundamente, soñando que ella le daba un último abrazo. Jamás volvería a estar solo.