El calor era insoportable. A pesar del bochorno, inusual para el mes de mayo en el norte portugués, Don Joaquim permaneció sentado en el mismo sofá viejo en el que su fallecida esposa yació durante meses antes de pasar a mejor vida un año atrás. Frente a él, una fotografía enmarcada de 1962 colgada en la pared. En ella, el matrimonio posaba radiante con su hijo de pocos meses en las escaleras de una iglesia.
La habitación era pequeña. En su día fue acogedora, cuando Doña Margarida, su difunta esposa, continuaba con vida. Hubo un tiempo en el que abundaban en dicho cuarto fotografías de días más felices para él, sobre todo de sus tres hijos y diez nietos en distintas etapas de su vida. Un par de muebles y una televisión habían completado la decoración, además del ya mencionado sofá. Con el fallecimiento de Doña Margarida se fueron las fotos, el televisor y los muebles, quedando tan solo aquella imagen antigua de los dos con su vástago, además del sofá.
Apenas sin pestañear, Don Joaquim permanecía con la mirada fija en la imagen, dejando pasar el tiempo, quizá con la esperanza de que a él también le llegase su hora. Había transcurrido un año desde el fallecimiento de Doña Margarida, y una vez más, como venía siendo costumbre, se hundió en sus recuerdos relamiéndose las heridas que dejan nuestros seres más queridos cuando se marchan a mejor vida. No tenía ganas de nada, pues todo le recordaba a ella: la pequeña finca familiar en la que tanto sudor invirtieron (y en la que antaño pasaba cada momento libre), las calles medievales de adoquines de la pequeña ciudad portuguesa en la que vivían, o sus iglesias románicas a las que juntos acudieron con asiduidad a profesar su fe. Hasta la idea de pasar tiempo con sus nietos, a los que tanto se habían entregado, le caía pesada. No concebía no ver a su esposa junto a ellos, mimándolos, engordándolos, cubriéndoles de sus famosos besos que dejaban un rastro de carmín en sus rostros, y que iban seguidos de una caricia con el dedo pulgar untado en saliva para borrar aquella huella de ternura.
Él mismo recibió millones de esos besos. Eran sonoros, como si Doña Margarida quisiese anunciar al mundo que había llegado para repartir amor. Don Joaquim se acordaba de muchos de ellos. ¡Cómo no hacerlo! En particular, guardaba especial cariño a uno que recibió de ella minutos antes del bautizo de su hijo primogénito, João Paulo. Corría el año 1962, y la pareja -jubilosa por la importancia que para ellos tenía dicho ritual- se encontraba a las puertas de la Iglesia de la Oliveira, listos para adentrarse en el templo y proceder con la ceremonia. En las escaleras de piedra de aquella preciosa iglesia románica de estilo manuelino -la misma de la fotografía-, ella se paró con el bebé en brazos, apartó brevemente la mano derecha de la espalda del niño y agarró la izquierda de su marido, tirando de él. Don Joaquim giró su torso hacia el de ella y se buscaron con los ojos. Se clavaron las miradas durante varios segundos, con radiantes sonrisas en sus caras, sin decirse nada. La felicidad era más que palpable sin que fuese necesario formular palabra. Tras varios segundos hechizados por la relevancia que para ellos suponía el momento, ella acercó sus finos labios pintados de rojo a la mejilla de su marido, los posó, y plasmó sonoramente todo su amor en la faz de Don Joaquim. Él cerró los ojos y quiso que aquello durase para siempre.
Para su pesar, al abrir los ojos se dio de bruces con la realidad. Ella no estaba allí. Se tocó la cara con la falsa esperanza de sentir con sus arrugadas yemas la huella pegajosa que deja un beso adornado con lápiz de labios. En su lugar se encontró con sus propias lágrimas, que humedecían su mejilla. Se echó las manos a la cara, el torso hacia adelante apoyando los codos en la rodillas, y lloró desconsoladamente durante horas. De cuando en cuando, levantaba la mirada y la fijaba en la fotografía, buscando en la imagen de ella esos ojos cómplices que tanto le dieron durante 54 años de matrimonio. Pero en la instantánea, Doña Margarida los tenía perdidos en el infinito.
Fue entonces cuando Don Joaquim comprendió, tan solo un año después, que aquella mirada no volvería a buscarlo, y que ya no escucharía aquellos sonoros besos que tanto amor repartieron. Levantó la cabeza y el tronco, apoyando la espalda en el sofá. Respiró hondo, y con la mirada puesta en la fotografía, se levantó y caminó hacia ella. Se paró a pocos centímetros y decidió observarla unos segundos más, esta vez tratando de esbozar una sonrisa. Descolgó con cuidado el marco de la pared y acercó sus labios a la mejilla de la imagen de su difunta esposa para colocar en ella un sonoro beso, tal y como ella acostumbraba a hacerlo. Apartó el marco de su boca y lo volvió a colgar. Retrocedió lenta y solemnemente con pies de plomo en dirección a la puerta, como queriendo prolongar su salida, al tiempo que mantenía la mirada fija en la fotografía. Finalmente, y tras varios segundos que parecieron una eternidad, se colocó bajo el marco de puerta.
—Hasta pronto, querida —murmuró.
Acto seguido, se dio la vuelta y salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Jamás volvería a entrar en él. Jamás volvería a contemplar la fotografía.