domingo, 25 de octubre de 2015

RENACIMIENTO

Con cada grito, un puente se quema
Y en el viento resuenan
Palabras de despedida,
Lamentos de amargura.

Con cada lágrima, languidece la llama
Que tanto brillaba,
Luz de esperanza,
Envidia de tantas.

Con cada palabra, mueren las ganas,
Dagas se clavan,
Flojean las piernas,
Se retuerce el alma.

Con cada mentira, un muro levantan,
Las puertas se cierran,
Sus voces callan,
Silencios que matan.

Con cada mirada, el corazón se buscan,
Resquicios de pasión hallan,
Las bocas se encuentran,
Y las heridas sanan.



“Mi sol se pone para volver a nacer.”– Robert Browning



lunes, 12 de octubre de 2015

Guía para tener una crisis existencial antes de los 30

1. Estudia una carrera inútil con un nombre que maquille su inutilidad. Con el fin de no herir sensibilidades, el autor ha preferido no enumerar ninguna.

2. Busca trabajo (y no mueras en el intento).

3. Trabaja en algo que no esté relacionado con lo que estudiaste, y si es posible, que pague poco.

4. Pregúntate cada mañana camino al trabajo, con cara de cuerno y ojos inyectados en sangre, por qué tu padre no te metió dos guantazos bien dados el día que dijiste que querías estudiar lo que estudiaste.

5. Rodeate de gente mejor que tú. Te ayudará a hundirte en tu miseria. Valen: economistas, abogados e ingenieros. Podríamos incluir emprendedores, pero solo los que triunfan (los hay, prometo que existen, aunque no me creas).

8. Fuma, come y bebe como si no existiese un mañana. Pregúntate al día siguiente por qué sigues con vida y júrate no volver a hacerlo.

9. Vuelve a hacerlo.

10. Empieza un blog para hacerte el interesante. Éste puede servir de ejemplo.

lunes, 5 de octubre de 2015

Un minuto y cincuenta segundos

Un minuto y cincuenta segundos.

Sentada en una silla en una esquina de la habitación, prende el cigarro. La llama alumbra momentáneamente la estancia. En el lado opuesto del cuarto, a unos tres metros y medio de distancia, acostado en la cama su marido duerme. Ella expira lentamente el humo inhalado. En su mano izquierda una copa de whisky barato. Entre sus piernas, la botella, con unos cuatro dedos de contenido. En su regazo, una pistola. Con su mano derecha, sostiene el pitillo recién encendido; también una bala.

Un minuto y veinte segundos.

Acerca el cigarrillo a la boca e inhala de nuevo. Aguanta el humo unos segundos hasta marearse, y lo suelta, esta vez más rápido. Acto seguido acerca el vaso a los labios de un movimiento rápido, con ansia. Lo agarra con fuerza. Inclina bruscamente la cabeza hacia atrás y engulle el whisky. Intenta controlar una mueca de asco que se esboza en su cara. Levanta la cabeza y observa la silueta de la enorme barriga de su marido. Lo escucha roncar. Otra mueca se dibuja en su rostro, esta vez de desprecio.

Un minuto y cinco segundos.

Le da otra calada al cigarro. Desenrosca la botella y llena torpemente su vaso. Vuelve a enroscar la botella y la coloca una vez más entre sus piernas. De un trago, bebe el whisky. Se inclina hacia delante para dejar el vaso y la botella en el suelo. Vuelve a inhalar al tiempo que se incorpora y deja caer la ceniza a sus pies, sin importarle. Coloca el cigarrillo entre sus labios, empuña el arma, tira de la corredera y apunta hacia su marido. No le tiembla el pulso, aunque le sudan las manos. Sin coger el pitillo, inhala y exhala. Quita el seguro y aguanta la posición. Aprieta el gatillo y...'click'. Nada. La bala continúa en su mano. El cargador de la pistola, vacío. El marido ronca.

42 segundos.

Se inclina. Vuelve a servirse otra copa, que bebe de un trago acto seguido. Posa el vaso a sus pies, junto a la botella. El cigarrillo continúa entre sus labios. Inhala y exhala por enésima vez, de nuevo sin utilizar las manos. La ceniza vuelve a caer en el suelo. Se levanta. Su cara, llena de ira. Da dos pasos hacia la cama, pero duda, retrocede y vuelve a sentarse. Inhala y coge el cigarro con la mano izquierda. Carga el arma semiautomática, levanta lentamente su brazo derecho, hasta llevarse la pistola a la boca. Abre la boca e introduce unos dos centímetros del cañón. Un escalofrío recorre su espalda. Esta vez, sí que le tiembla el pulso. Le castañean los dientes, que chocan contra el frío cañón del arma. A pesar de ello, quita el seguro. Deja pasar unos segundos y...click. Nada. La bala continúa en su mano. El cargador de la pistola, vacío. El marido ronca.

17 segundos.

Se vuelve a inclinar por tercera vez. Agarra la botella, se incorpora sobre la silla, y apura el contenido restante, bebiendo directamente de ella. La coloca vacía entre sus muslos. Los ojos se clavan en su marido. La mirada, inyectada en odio y sangre, es feroz. En su mano derecha, juega con la bala momentáneamente, antes de liberar el cargador de pistola, con el fin de cargarla. En la izquierda, con los dedos índice y anular, sujeta el cigarrillo, cerca de consumirse. Con la bala ya en el cargador, se lleva el cigarrillo a los labios, inhala y exhala. Lo deja en su boca. Con ambas manos, levanta la pistola y apunta a su marido. Carga y quita el seguro. Siete segundos, seis, cinco...entrecierra los ojos...cuatro, tres...sonríe...dos, uno...respira hondo y...suena la alarma. Abre los ojos. Lunes, seis y media de la mañana. Comienza a amanecer. A su lado, su marido ronca. 

domingo, 6 de septiembre de 2015

La fotografía y el beso

El calor era insoportable. A pesar del  bochorno, inusual para el mes de mayo en el norte portugués, Don Joaquim permaneció sentado en el mismo sofá viejo en el que su fallecida esposa yació durante meses antes de pasar a mejor vida un año atrás. Frente a él, una fotografía enmarcada de 1962 colgada en la pared. En ella, el matrimonio posaba radiante con su hijo de pocos meses en las escaleras de una iglesia.
La habitación era pequeña. En su día fue acogedora, cuando Doña Margarida, su difunta esposa, continuaba con vida. Hubo un tiempo en el que abundaban en dicho cuarto fotografías de días más felices para él, sobre todo de sus tres hijos y diez nietos en distintas etapas de su vida. Un par de muebles y una televisión habían completado la decoración, además del ya mencionado sofá. Con el fallecimiento de Doña Margarida se fueron las fotos, el televisor y los muebles, quedando tan solo aquella imagen antigua de los dos con su vástago, además del sofá.
Apenas sin pestañear, Don Joaquim permanecía con la mirada fija en la imagen, dejando pasar el tiempo, quizá con la esperanza de que a él también le llegase su hora. Había transcurrido un año desde el fallecimiento de Doña Margarida, y una vez más, como venía siendo costumbre, se hundió en sus recuerdos relamiéndose las heridas que dejan nuestros seres más queridos cuando se marchan a mejor vida. No tenía ganas de nada, pues todo le recordaba a ella: la pequeña finca familiar en la que tanto sudor invirtieron (y en la que antaño pasaba cada momento libre), las calles medievales de adoquines de la pequeña ciudad portuguesa en la que vivían, o sus iglesias románicas a las que juntos acudieron con asiduidad a profesar su fe. Hasta la idea de pasar tiempo con sus nietos, a los que tanto se habían entregado, le caía pesada. No concebía no ver a su esposa junto a ellos, mimándolos, engordándolos, cubriéndoles de sus famosos besos que dejaban un rastro de carmín en sus rostros, y que iban seguidos de una caricia con el dedo pulgar untado en saliva para borrar aquella huella de ternura.
Él mismo recibió millones de esos besos. Eran sonoros, como si Doña Margarida quisiese anunciar al mundo que había llegado para repartir amor. Don Joaquim se acordaba de muchos de ellos. ¡Cómo no hacerlo! En particular, guardaba especial cariño a uno que recibió de ella minutos antes del bautizo de su hijo primogénito, João Paulo. Corría el año 1962, y la pareja -jubilosa por la importancia que para ellos tenía dicho ritual- se encontraba a las puertas de la Iglesia de la Oliveira, listos para adentrarse en el templo y proceder con la ceremonia. En las escaleras de piedra de aquella preciosa iglesia románica de estilo manuelino -la misma de la fotografía-, ella se paró con el bebé en brazos, apartó brevemente la mano derecha de la espalda del niño y agarró la izquierda de su marido, tirando de él. Don Joaquim giró su torso hacia el de ella y se buscaron con los ojos. Se clavaron las miradas durante varios segundos, con radiantes sonrisas en sus caras, sin decirse nada. La felicidad era más que palpable sin que fuese necesario formular palabra. Tras varios segundos hechizados por la relevancia que para ellos suponía el momento, ella acercó sus finos labios pintados de rojo a la mejilla de su marido, los posó, y plasmó sonoramente todo su amor en la faz de Don Joaquim. Él cerró los ojos y quiso que aquello durase para siempre.
Para su pesar, al abrir los ojos se dio de bruces con la realidad. Ella no estaba allí. Se tocó la cara con la falsa esperanza de sentir con sus arrugadas yemas la huella pegajosa que deja un beso adornado con lápiz de labios. En su lugar se encontró con sus propias lágrimas, que humedecían su mejilla. Se echó las manos a la cara, el torso hacia adelante apoyando los codos en la rodillas, y lloró desconsoladamente durante horas. De cuando en cuando, levantaba la mirada y la fijaba en la fotografía, buscando en la imagen de ella esos ojos cómplices que tanto le dieron durante 54 años de matrimonio. Pero en la instantánea, Doña Margarida los tenía perdidos en el infinito.
Fue entonces cuando Don Joaquim comprendió, tan solo un año después, que aquella mirada no volvería a buscarlo, y que ya no escucharía aquellos sonoros besos que tanto amor repartieron. Levantó la cabeza y el tronco, apoyando la espalda en el sofá. Respiró hondo, y con la mirada puesta en la fotografía, se levantó y caminó hacia ella. Se paró a pocos centímetros y decidió observarla unos segundos más, esta vez tratando de esbozar una sonrisa. Descolgó con cuidado el marco de la pared y acercó sus labios a la mejilla de la imagen de su difunta esposa para colocar en ella un sonoro beso, tal y como ella acostumbraba a hacerlo. Apartó el marco de su boca y lo volvió a colgar. Retrocedió lenta y solemnemente con pies de plomo en dirección a la puerta, como queriendo prolongar su salida, al tiempo que mantenía la mirada fija en la fotografía. Finalmente, y tras varios segundos que parecieron una eternidad, se colocó bajo el marco de puerta.
—Hasta pronto, querida —murmuró.
Acto seguido, se dio la vuelta y salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Jamás volvería a entrar en él. Jamás volvería a contemplar la fotografía.

martes, 28 de julio de 2015

De anillos y puntos aparte

Pasan los días y se van sumando anillos al tronco de la vida. Alguna cana. Unas entradas un poquito más profundas. Destinos y mujeres que van quedando atrás, dejando un rastro de nostalgia; de 'saudade', que tan bien define la lengua lusa. Amigos que se van para no volver -demasiados- y otros nuevos que llegarán (pocos pero buenos). Caminos que se tuercen, otros rectos, pero siempre con paso decidido hacia la incertidumbre (irónico esto último). Incontables excesos, vasos de tubo, nubes de humo, ceniceros llenos y tabiques rotos. Madrugadas de euforia, tardes de remordimiento, noches de perdición. Muchas camas ajenas, muchas ajenas en mi cama. Y luego surje el amor, añadiendo más anillos a ese árbol; al menos es la sensación. Miles de besos, casi tantos gritos, interminables sesiones de Skype, perennes dudas recurrentes  y grandes dosis de fe, confianza ciega en lo absurdo y pasión. Idas y venidas, subidones y bajones. Anillos que se siguen sumando. Y ni un punto y aparte, como la vida misma.