miércoles, 4 de junio de 2014

Lágrimas en la madrugada

Ahmed se despertó con los primeros rayos de sol bañándole la cara. Gamal, su hermano menor, dormía a su lado, con la cabeza recostada en el hombro de Heba, su madre, quien también se encontraba sumida en un profundo sueño.
Vivían a la intemperie. Durante el día, vagabundeaban por las calles de Zamalek - una de las zonas más afluentes y emblemáticas de El Cairo -, normalmente a las puertas de alguno de los múltiples bares y restaurantes que llenaban el barrio.
Por las noches, se refugiaban detrás de la poca intimidad que podían ofrecer un par de contenedores de basura, con pedazos de cartón podrido y mugriento haciendo de colchón.

No siempre la calle fue su hogar. Hubo un tiempo en el que dormían bajo un techo, más bien humilde, pero un techo, a fin de cuentas. Pero de eso, hacía ya años; los mismos que tenía el pequeño Gamal, el cual había nacido tan solo unos meses después del fallecimiento de su padre, víctima de un cáncer.

Su madre, viuda, emigrante del sur del país, sin familia en la ciudad, sin trabajo y con dos bocas pequeñas que alimentar; se vio incapaz de hacer frente a los gastos de alquiler del modesto apartamento de una habitación en el que vivían, pues le resultaría imposible compaginar un trabajo con hacerse cargo de las criaturas.

Durante los primeros meses tras la muerte de su marido, se dejó cortejar por varios hombres, la mayoría amigos y conocidos de su difunto esposo, como a menudo mandaba la costumbre egipcia. Era consciente de que sola no podría sacar a sus hijos adelante. Tenía que volver a casarse. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que ningún hombre no solo no querría hacerse cargo de ella a su edad, si no mantener y educar a dos niños ajenos como si fuesen propios.

Estaba desesperada. Sin familiares cerca en los que apoyarse, intentó pedir ayuda a vecinos y amigos, los cuales se la ofrecían durante un tiempo, hasta que terminaban hartándose de tener que cargar con los gastos de una familia de tres.

Tras cinco meses del fallecimiento del padre de Ahmed y Gamal, consiguieron que Fatma, una amiga íntima de Heba, y su marido Amr les alojasen. Vivían en la parte más humilde de Mohandeseen, un barrio cairota donde en un mismo kilómetro cuadrado podían estar cerrándose simultáneamente acuerdos comerciales entre las principales empresas egipcias o las mafias de tráfico de hachís más importantes del país. Era, sin duda, un barrio de contrastes. Un reflejo de la sociedad de aquella inmunda ciudad.

Fatma y su marido Amr no tenían hijos, pues él era estéril, algo que marcó su carácter para siempre, convirtiéndolo en un hombre reservado, amargado y a menudo agresivo. Ahmed y Gamal le tenían miedo. Su mirada no era transparente y ellos lo notaban. Es más, a pesar de su corta edad y aparente inocencia, eran capaces de percibir el odio injustificado que Amr les profesaba.

“No nos gusta como nos mira”, se quejaban a menudo los pequeños a su madre, la cual intentaba tranquilizarlos prometiéndoles que pronto volverían a casa. Pero ese día tan ansiado no llegaba, aumentando la tensión entre Fatma y su esposo, pues ella era partidaria de hospedar a su amiga el tiempo que fuese necesario, mientras que él, lleno de egoísmo e incapaz de sentir ni un ápice de lástima por Heba, se oponía a la idea. Esta animadversión hacia la huésped y su familia se hacia más evidente las noches que Amr bebía, pues pasaba de reflejarse en la mirada y el lenguaje corporal a traducirse en palabras agresivas y vejaciones, a lo que los niños y su madre no podían responder como deseaban debido a la delicada situación en la que se encontraban.

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Habían pasado dos meses desde la llegada de Heba y los niños cuando Fatma tuvo que partir hacia Alejandría, su ciudad natal y donde todavía residía la mayor parte de su familia. Su hermana acababa de dar a luz a su tercer vástago y necesitaba ayuda en casa. A Heba le inquietaba la idea de pasar varias semanas sin su amiga, pues sabía que sin ella sería difícil continuar conteniendo a Amr y su voluntad de expulsarles de casa.

Como cada noche, Ahmed y Gamal dormían plácidamente a escasos metros de Heba, compartiendo un viejo colchón colocado en el suelo del salón-comedor-cocina, junto al sofá que hacía de cama para su madre. Habían pasado tres semanas desde que Fatma viajase al norte del país. Desde entonces, Heba había relevado a su amiga en el desempeño de las tareas domésticas. A diario, dejaba comida preparada para Amr, quien regresaba del trabajo a altas horas de la noche, normalmente en un alto estado de embriaguez.

Heba solía acostar a los niños temprano con el fin de evitar que se encontrasen con su anfitrión y que éste pudiese descargar toda su furia y frustraciones en ellos, durante alguno de sus múltiples ataques de ira. Ella, incapaz de conciliar el sueño con la facilidad que lo hacían sus hijos, esperaba acostada a que Amr llegase, fingía estar dormida mientras éste devoraba con ansia la comida que su huésped le había preparado, y una vez este caía rendido en su cuarto, volvía a abrir los ojos para observar a sus dos retoños, esperando encontrar una solución a su situación desesperada en la soledad de la madrugada cairota.

Botella de cerveza en mano, aquella noche Amr llegó más tarde de lo habitual. Entró en el pequeño apartamento dando tumbos. Asustada por el tumulto que éste estaba causando, Heba cerró fuertemente los ojos, suplicándole a Allah que los niños no se despertasen, al tiempo que Amr destapaba la cazuela de kushari que ésta había preparado para él. 

De pronto, un fuerte estruendo hizo que abriese los ojos y se incorporase en el sofá. Heba pudo observar que la tapa metálica de la cazuela se encontraba en el suelo, cerca de los pies de Amr, girando sobre si misma como una peonza impulsada por la violencia con que éste la había lanzado.

-       “¿Qué es esta mierda?”, gritó él, poseído por la rabia y los efectos del alcohol.

-       “Es kushari. Le he puesto los mismo ingredientes que siempre”, contestó ella sin mirarle a los ojos, con la mirada fija en el suelo.

-       “¡No sabe a nada!”, exclamó él enfurecido, alzando todavía más la voz.

-       “Por favor, no grites. Cocinaré lo que desees en este instante, pero te lo suplico, baja la voz. Los niños están durmiendo”, suplicó Heba.

Movido por la ira, Amr dio un manotazo a la cazuela, haciéndola caer al suelo y provocando que la comida quedase desparramada sobre las baldosas del piso. Despertados por el alboroto causado, Ahmed y Gamal comenzaron a llorar desconsolados. Heba hizo un amago de girarse, dispuesta a consolar a sus hijos, ubicados detrás de ella, pero un fuerte agarrón del brazo hizo que se quedase donde estaba.

-       “¿A dónde crees que vas? ¿Crees que esto se limpia solo?”, gritaba furioso Amr sin soltar el antebrazo de Heba.

-       “¡Déjame!”, sollozó ella al tiempo que peleaba por deshacerse de las garras de su agresor para atender a los pequeños.

Tras varios segundos de forcejeo, logró desprenderse de un cada vez más alterado Amr, se giró y se agachó para consolar a Ahmed y Gamal, que seguían llorando sobre el colchón. Rojo, con los ojos inyectados en sangre, sudando; Amr estaba fuera de control. Con un movimiento rápido, el encolerizado anfitrión del modesto apartamento agarró por la nuca a su huésped, tirando de ella hacia él, y provocando que el hiyab se deslizase hacia atrás, dejando la mayor parte de su cabeza al descubierto.

Los gritos de Heba eran ensordecedores, tanto como el llanto de sus dos retoños. Intentó huir sin éxito, pues Amr se había apresurado a agarrarla por la cintura con su mano libre, levantándola del suelo. Las patadas y puñetazos de la madre no impedían a su agresor avanzar con paso decidido y mirada perdida hacia el único cuarto del apartamento. Sin molestarse en cerrar la puerta del todo, Amr lanzó a Heba violentamente sobre la cama. Como un animal en celo, se abalanzó sobre ella, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre el de ella. Éste le puso una mano sobre la boca, con el fin de acallar sus gritos, al tiempo que comenzaba a besarle el cuello y la cara. La situación en la que se encontraba, unida al fuerte olor a alcohol  y tabaco que desprendía Amr por la boca, le causaban arcadas. Él deslizó dos de sus mugrientos dedos dentro de su boca, provocándole involuntariamente el vómito.

-       “¡Cerda! ¡Mira como has puesto todo!”, gritó él, acompañando su berrido de una fortísima bofetada.

La intensidad del golpe fue tal que Heba quedó semi-inconsciente. Con la mirada perdida en ninguna parte, dejó de forcejear, incapaz de continuar peleando por su dignidad. Cubierta en vómitos, sangre, sudor y lágrimas, notó como Amr le levantaba la galabiya, a lo que fue incapaz de oponer resistencia. Sus gruesos y sucios dedos recorrieron con ansia cada parte del cuerpo de ella durante varios minutos, antes de bajarse los pantalones y la ropa interior, para finalmente penetrarla.

En estado de shock y todavía aturdida por el fuerte golpe que el monstruo que yacía sobre ella le había propinado hacía unos minutos, Heba apenas reaccionaba. Con cada impulso de él, ella perdía un pedazo de su alma. En el salón, Gamal continuaba llorando. Ahmed, el mayor, se acercó a la puerta, que seguía entreabierta. Sin acabar de entender lo que ocurría, pero a sabiendas de que su madre estaba sufriendo, quedó paralizado, observando como Amr continuaba abusando de su madre. Tras varios segundos intentando comprender la escena de la que era testigo, su mirada se cruzó con la de su progenitora. A ella, una tremenda sensación de impotencia le invadió al percatarse de la presencia de su hijo. Quiso chillar, decidle que corriese, que gritase, que pidiese auxilio. Pero ni de pestañear era capaz. Ahmed, petrificado, tampoco conseguía reaccionar. Había perdido su inocencia para siempre.

Tan solo una lágrima que corría lentamente por la mejilla de la madre hacía indicar que quedaba algo de vida en la pobre mujer. Al verla llorar, los ojos de Ahmed también se humedecieron. Y en la soledad que les envolvía, con los gemidos de animal de Amr y el sonido del crujir de la vieja cama de madera de fondo, se miraron, llorando, sin mediar palabra. Poco después, Amr se incorporó, se subió la ropa interior y los pantalones, lo que hacía indicar que había terminado su cruel y cobarde faena. Salió de la habitación dandole un leve empujón a Ahmed, que ni se inmutó. 

-       “¡No te olvides de limpiar el suelo de la cocina!”, gritó antes de abandonar el apartamento tras un portazo.

El silencio de la noche envolvió a esas dos almas cuya vida, o la poca que les quedaba, cambiaría para siempre. Madre e hijo permanecieron en silencio sin moverse, con la mirada fija el uno en el otro, derramando lágrimas hasta el amanecer, llenando el pozo de miseria en el que se hallaban.



CONTINUARÁ