jueves, 24 de abril de 2014

Las ocho letras de tu nombre

Las ocho letras de tu nombre. Solas, apenas significan nada. Juntas, un universo. O dos. U ocho.


Como bailarinas, danzan en mi cabeza al son de mis pensamientos, invadiendo cada espacio de mi mente. De un lado a otro, revoloteando por las esquinas de mi subconsciente, deletrean la misma palabra una y otra vez.

Son egoístas estas letras. Quieren toda la atención para ellas. Empujan, lloran, patalean; siempre buscando hasta la última pizca de mi atención. Obligan a que la orquesta de mis sentimientos toque exclusivamente para ellas. Y bailan, bailan, bailan; hasta que la madrugada las acuesta.

Desde que entraron en mí, me dejo llevar por sus exigencias. Me inclino ante ellas, las dejo acampar a sus anchas. Incluso he dado la orden de que no sean incomodadas por el resto de inquilinos de mi intelecto.


Las ocho letras de tu nombre. Solas, apenas significan nada. Juntas, un universo. O dos. U ocho.


Me han hecho perder toda independencia, guiado por la sinrazón de sus dictatoriales maneras. Ofuscado por lo que representan, obedezco cegado por la dulzura de sus movimientos, incapaz de pedirles un descanso.

Aun así, una parte de mi quiere que paren de danzar. Pero ellas no ceden, no dan respiro. Con autoridad defienden su terreno. Resisten a todo intento de revuelta del resto de inquilinos. Ilusos ellos, desconocen el arraigo con el que ellas se han asentado en mi mente.

Mi otra mitad las adula, las mima, les ruega que nunca se marchen. “Continuad bailando”, les pide. Y ellas, llenas de sí mismas, escuchan mis plegarias. Han venido para quedarse. Han crecido, y fortalecidas por su poder absoluto, ocupan ya el resto de mi ser.


Las ocho letras de tu nombre. Solas, apenas significan nada. Juntas, un universo. O dos. U ocho.

miércoles, 23 de abril de 2014

El río


La silla era de mimbre, un tanto incómoda para su gusto. Sentado sobre ella, en la terraza de la habitación del hotel en el que se hospedaba, contemplaba como el Nilo fluía majestuoso a sus pies, al tiempo que los últimos rayos del imponente sol egipcio se escondían tras la maraña de edificios decadentes en el horizonte. Incluso desde esa altura era imposible escapar a la perenne sensación de caos y bullicio que define El Cairo.
Con los ojos fijos en las aguas del río, y al son de la música árabe que retumbaba en todo el barrio procedente de una falouka amarrada a un muelle cercano, el Sr. M dio una calada más al porro de hachís que sujetaba con la mano izquierda.

“Amo esta vida”, pensó.

De pronto, se percató de que junto a él, a escasos centímetros a su derecha, una joven compartía terraza con él sentada en una silla idéntica a la suya. De belleza radiante, la misteriosa mujer no llevaba más que una camisa puesta. El Sr. M observó que era su propia camisa, la blanca de cuadros rojos a la que tanto apego tenía. Millones de preguntas le asaltaron. Desconocía quién era y como había llegado hasta allí. La curiosidad y la confusión le invadían. Sin embargo, se limitó a mirarla detenidamente, cautivado por el hechizo de su hermosura.

De cabellos largos, con tonalidades que iban del rubio al castaño, y ojos ligeramente rasgados como almendras y de color marrón, la joven se encontraba reclinada contra el respaldo de la silla. Con sus piernas estiradas y cruzadas, y el torso orientado en la misma dirección que la del Sr. M, la mujer giró su cabeza hacia la izquierda, para posar su intensa mirada en él. Sus ojos se clavaban como dagas en los de él, penetrando cada hueco de su alma. El Sr. M sintió una profunda sensación de debilidad. Cautivo, desarmado, había caído en las redes de aquella intrusa.

Continuó observándola. La camisa desabrochada dejaba la parte central del torso de la joven al descubierto, incluidas las mitades interiores de sus senos. Sus pezones sobresalían como dos rocas en el Mar Rojo, endurecidos por la suave brisa que azotaba la terraza. Perdido en sus pechos, el Sr. M notó como un escalofrío recorría toda su espalda.  Cuanto más la miraba, mas se disparaban sus niveles de testosterona y de lutropina, y con ello su deseo de tenerla en sus brazos. Bajó más la mirada hasta posarse en el ombligo; un oasis en medio de un desierto de piel suave y bronceada por el sol.

“Te deseo”, susurró el Sr. M mientras contenía todo impulso por tocar a la joven. Ella se limitó a sonreír sin abrir la boca. Sus labios carnosos pedían a gritos ser besados.

Movió ligeramente sus piernas, atrayendo hacia ellas la mirada de un cada vez más excitado Sr. M. Se percató de que la desconocida no llevaba ropa interior. Su glúteo izquierdo y perfectamente redondo quedaba al descubierto, mientras que los picos inferiores de la camisa tapaban convenientemente las partes intimas de la joven.

“Yo también quiero”, dijo ella con la mirada puesta en el porro, mientras el Sr. M terminaba de analizar cada detalle de sus piernas, las cuales había estirado con el fin de apoyar los pies en la barandilla de la terraza. 

Nervioso tras escuchar su voz, le acercó el canuto de hachís y tabaco. Ella lo cogió con su mano derecha sin quitarle la mirada de encima. Un nuevo escalofrío recorrió todo el cuerpo del Sr. M, cual terremoto. Lentamente, la misteriosa mujer se inclinó hacia él, posando su rostro frente al de él. Sus labios estaban a escasos centímetros de tocarse. Suavemente, con contención, ella dejó escapar el humo inhalado, hasta que éste chocaba en la boca del Sr. M, para luego perderse sobre la inmensidad del cielo cairota.

“Bésame”, le susurró ella mirándolo fijamente, incrementando la llama del deseo que hacía tiempo se había encendido en él.

Cuando se encontraba a milésimas de segundo de besar sus labios, todo se nubló a su alrededor. Poco a poco fueron desapareciendo las diminutas luces que se extendían en el horizonte de la gran urbe egipcia, el legendario Nilo se evaporó, los sonidos de los claxon y la música se desvanecieron, mientras que la joven se alejaba a una velocidad apabullante, como absorbida por un agujero negro. Las formas y los colores a su alrededor ya no eran discernibles, y los parpados le pesaban como dos compuertas de acero, hasta que finalmente, sin poder evitarlo, se le cerraron los ojos de nuevo.

Cuando los volvió a abrir, la desilusión se apoderó de él. Una vez más, se encontraba en aquella oficina claustrofóbica en Madrid, que le encarcelaba, le comía cada pedacito de su existencia. Su corazón palpitaba a 1000 revoluciones por segundo, hinchándose de nostalgia. Y aquella joven quedó para siempre en su memoria, dueña de sus sentimientos.