La silla era de mimbre, un tanto incómoda para su gusto. Sentado sobre ella,
en la terraza de la habitación del hotel en el que se hospedaba, contemplaba como
el Nilo fluía majestuoso a sus pies, al tiempo que los últimos rayos del
imponente sol egipcio se escondían tras la maraña de edificios decadentes en el
horizonte. Incluso desde esa altura era imposible escapar a la perenne sensación
de caos y bullicio que define El Cairo.
Con los ojos fijos en las aguas del río, y al son de la música árabe que
retumbaba en todo el barrio procedente de una falouka amarrada a un muelle cercano, el Sr. M dio una calada más
al porro de hachís que sujetaba con la mano izquierda.
“Amo esta vida”, pensó.
De pronto, se percató de que junto a él, a escasos centímetros a su derecha, una joven compartía
terraza con él sentada en una
silla idéntica a la suya. De belleza radiante, la misteriosa mujer no llevaba más
que una camisa puesta. El Sr. M observó que era su propia camisa, la blanca de
cuadros rojos a la que tanto apego tenía. Millones de preguntas le asaltaron. Desconocía quién era y como había llegado hasta allí. La curiosidad y la
confusión le invadían. Sin embargo, se limitó a mirarla detenidamente, cautivado
por el hechizo de su hermosura.
De cabellos largos, con tonalidades que iban del rubio al castaño, y ojos ligeramente
rasgados como almendras y de color marrón, la joven se encontraba reclinada
contra el respaldo de la silla. Con sus piernas estiradas y cruzadas, y el
torso orientado en la misma dirección que la del Sr. M, la mujer giró su cabeza
hacia la izquierda, para posar su intensa mirada en él. Sus ojos se clavaban
como dagas en los de él, penetrando cada hueco de su alma. El Sr. M sintió una
profunda sensación de debilidad. Cautivo, desarmado, había caído en las redes
de aquella intrusa.
Continuó observándola. La camisa desabrochada dejaba la parte central del
torso de la joven al descubierto, incluidas las mitades interiores de sus
senos. Sus pezones sobresalían como dos rocas en el Mar Rojo, endurecidos por
la suave brisa que azotaba la terraza. Perdido en sus pechos, el Sr. M notó como un escalofrío recorría toda su espalda. Cuanto más la miraba, mas se
disparaban sus niveles de testosterona y de lutropina, y con ello su deseo de tenerla en sus brazos. Bajó más la mirada hasta posarse en el ombligo; un oasis en medio de un
desierto de piel suave y bronceada por el sol.
“Te deseo”, susurró el Sr. M mientras contenía todo impulso por tocar a la
joven. Ella se limitó a sonreír sin abrir la boca. Sus labios carnosos pedían a
gritos ser besados.
Movió ligeramente sus piernas, atrayendo hacia ellas la mirada de un cada
vez más excitado Sr. M. Se percató de que la desconocida no llevaba ropa interior.
Su glúteo izquierdo y perfectamente redondo quedaba al descubierto, mientras
que los picos inferiores de la camisa tapaban convenientemente las partes
intimas de la joven.
“Yo también quiero”, dijo ella con la mirada puesta en el porro,
mientras el Sr. M terminaba de analizar cada detalle de sus piernas, las cuales
había estirado con el fin de apoyar los pies en la barandilla de la terraza.
Nervioso tras escuchar su voz, le acercó el canuto de hachís y tabaco. Ella
lo cogió con su mano derecha sin quitarle la mirada de encima. Un nuevo escalofrío
recorrió todo el cuerpo del Sr. M, cual terremoto. Lentamente, la misteriosa
mujer se inclinó hacia él, posando su rostro frente al de él. Sus labios
estaban a escasos centímetros de tocarse. Suavemente, con contención, ella dejó
escapar el humo inhalado, hasta que éste chocaba en la boca del Sr. M, para
luego perderse sobre la inmensidad del cielo cairota.
“Bésame”, le susurró ella mirándolo fijamente, incrementando la llama del
deseo que hacía tiempo se había encendido en él.
Cuando se encontraba a milésimas de segundo de besar sus labios, todo se nubló a
su alrededor. Poco a poco fueron desapareciendo las diminutas luces que se extendían
en el horizonte de la gran urbe egipcia, el legendario Nilo se evaporó, los
sonidos de los claxon y la música se desvanecieron, mientras que la joven se alejaba
a una velocidad apabullante, como absorbida por un agujero negro. Las formas y
los colores a su alrededor ya no eran discernibles, y los parpados le pesaban
como dos compuertas de acero, hasta que finalmente, sin poder evitarlo, se le
cerraron los ojos de nuevo.
Cuando los volvió a abrir, la desilusión
se apoderó de él. Una vez más, se encontraba en aquella oficina claustrofóbica
en Madrid, que le encarcelaba, le comía cada pedacito de su existencia. Su corazón
palpitaba a 1000 revoluciones por segundo, hinchándose de nostalgia. Y aquella joven quedó para siempre en su
memoria, dueña de sus sentimientos.
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