domingo, 28 de diciembre de 2014

Una noche de insomnio


Madrid. 3.53 de la madrugada. 28 de diciembre. Domingo. El Sr. M se retuerce en la cama desde hace varias horas. Es ya la cuarta noche consecutiva en la que su viejo enemigo, el Insomnio, le vuelve a hacer compañía.  Hacía tiempo que no le visitaba. Y como siempre, se dejaba caer por sorpresa.

-Hijo de puta, no me dejas en paz ¿eh? Pasa, pasa, ponte cómodo. Estás en tu casa-, le dijo.

Pero esta vez con el Insomnio volvió otra vieja conocida: la Inspiración. Algo desmejorada, pero estaba de vuelta.  De esto no tenía quejas. De hecho, se alegró de verla. Se preguntó dónde cojones se había metido su única y verdadera amiga. Aquella que nunca le había abandonado en los momentos más bajos. Aunque agradecido por su incondicional apoyo, también se cuestionaba por qué la mayoría de visitas se producían en situaciones de tormento, y nunca o casi nunca en los momentos de jolgorio y felicidad (que los había). Siempre le había ofrecido un hombro sobre el que llorar, estaba claro, pero quiso exigirle un poco más de constancia, vaya. Ella se excusó diciendo que había estado muy ocupada, que había tenido que acudir al rescate de muchos pseudo-escritores frustrados.

-No sabes como se está poniendo el mundo de melodramáticos -le dijo-. No es que me queje, pero entiéndeme, es que no me dejáis en paz.

-Bueno, pero hoy no te he pedido que vengas. Estoy bien…creo- replicó el Sr. M.

- ¿En qué quedamos? ¿Te alegras o no de mi visita? Nunca sabes lo que quieres. Veo que no cambias. Bueno, cuéntame. ¿Qué pasa?

-Pues eso mismo…

-¿El qué?

-Pues eso, que nunca sé lo que quiero.

La Inspiración se puso cómoda, pues sabía que iba para rato. Mientras, el Insomnio merodeaba por ahí, como si con él no fuese la cosa. El Sr. M, ya familiarizado con estas terapias, se relajó y dejó que fluyesen sus pensamientos. Charlaron largo y tendido. Comenzó por compartir con su querida huésped la angustia que le producía el no saber hacia donde se encaminaba su vida. Literalmente,  desconocía lo que buscaba en ella y lo que ella demandaba de él. Un día quería ser emprendedor, al siguiente seguir con su trabajo actual, más tarde apostar por la escritura, y posteriormente por la vagabundería. Tampoco había una semana que no pensase en subir de peldaño en su formación académica. Había mañanas que quería hacerlo todo al mismo tiempo y mañanas que deseaba no existir.  Por supuesto, todo esto en lugares remotos. Es más, cuanto más remotos, mejor. Ella le contestaba diciendo que eso era normal, sobre todo a su edad. Pero él decía que no, que lo suyo era de estudio. Que no se conformaba con nada y al mismo tiempo con todo. Que su vida era una pelea constante de fuerzas, deseos, ideas, proyectos e impulsos, cada cual barriendo para su lado, tirando de una soga amarrada a su cuello cortándole la respiración. Un oxímoron permanente. Un desbalance de voluntades.

-¡Qué exagerado eres! ¡Estás hecho una drama queen, como dicen los gringos! -, le espetó ella.

-¿Me vas a escuchar o qué? ¡Si has venido para tocar las pelotas puedes largarte por donde viniste! -, le contestó él.

-Además de quejica, agresivo. Lo que tiene que aguantar una-, murmuró ella en un tono casi imperceptible.

-¿Qué dices?

-Nada, nada. Que hables, que me encanta escucharte-, contestó ella con ironía, al tiempo que el Insomnio sonreía maliciosamente, pues sabía que esta tensión entre los dos amigos le permitiría quedarse más de lo esperado.

Y el Sr. M se relajó de nuevo y, una vez más, dio rienda suelta a su desorganizada mente, continuando con sus dudas académico-profesionales. Un tema llevó al siguiente, y como siempre, se fue por las ramas y sin darse cuenta se vio hablando de cuestiones de fe (o falta de ella). Comentaron que en (raras) ocasiones era un ferviente creyente del más allá,  en un ser superior y benevolente, y en el perdón de los pecados, por los siglos de los siglos, Amén . En otras –la mayoría- era un simple agnóstico, un ambiguo de las creencias sobrenaturales, de esos que te dicen “Yo nosialomejor creo”. Una puta de la fe, vamos. Y en muy contadas instancias, ya casi ninguna, se sentía atraído por el ateísmo.

-Y ahora, ¿qué eres?

-Pues no lo sé.

-¿Cómo que no lo sabes?

-Pues ni idea, tía. Ateo, no creo que sea. Hoy por hoy me encuentro en una posición intermedia entre el agnosticismo y la fe. Es decir, en una cuarta categoría a la que todavía no he puesto nombre.

-¿Una puta de la fe a tiempo parcial?

-No me gusta como suena, pero sí, podría decirse que sí.

La Inspiración suspiró, como queriendo indicar que su amigo era incomprensible. Un caso no apto para ser estudiado, pues desquiciaría al más paciente y cuerdo de los sabios. Y tras varios intentos fallidos de resolver el asunto de la fe, pasaron a la cuestión del amor. Que si a esa le dio todo, que si a la otra nada, que si a aquella todo y nada, que si esta es la definitiva, que si no lo es, que si todas valen, que si ninguna vale, que si todas y ninguna, que si la filipina , que si la blanca, que si la china o la colombiana, la alta, la flaca o la baja, la fresca o la más puritana. Nunca. Estaba. Conforme. Ni ellas con él, todo hay que decirlo. Sea lo que fuere, en asuntos del amor, como ocurría con cualquier otro aspecto de su vida, tenía la picha hecha un lío.

Se encontraba el Sr. M enredado en las ramas de su intelecto, cuando un profundo ronquido le interrumpió. Levantó la mirada y se percató de que sus dos acompañante nocturnos, el Insomnio y la Inspiración, habían caído fulminados. Una vez más, esos incansables compañeros de mil y una noches de tormento y dudas, no pudieron aguantar las batallas internas del Sr. M y desfallecieron en el intento de comprenderlo. Se sintió tentado de despertarlos, pero al reparar que eran ya las 5.53 decidió dejarlos dormir. Ya acostado, mientras se le cerraban los ojos, le vinieron a la mente unos versos de H Roto.

“Si todo lo que escribí no sirvió de nada.
Sólo pienso en el futuro, eso me está matando;
antes volaba una cometa, con eso bastaba.”


Y sin haber resuelto absolutamente nada, pero satisfecho por la visita de una muy desgastada Inspiración, por fin consiguió conciliar el sueño.

domingo, 10 de agosto de 2014

La ola

Tras varios minutos remando para cruzar la barrera de olas, finalmente se sentó sobre su tabla de surf de siete pies, con la punta orientada hacia la inmensidad del Mar de la China Meridional. A sus espaldas, la playa. Y en poniente, el sol se esfumaba por la fina ranura que separa el cielo y el agua, al tiempo que le tostaba las partes de su cuerpo no cubiertas por bañador ni camiseta de lycra.

Respiró profundo. Con cada bocanada, se aislaba más del mundo que quedaba al otro lado de la orilla. Sonrió.

El agua era cristalina, a pesar del revuelo causado por la corriente y las olas, lo que le permitía apreciar un fondo semi-rocoso. Su temperatura, perfecta.

Y ahí, sentado, reflexionó sobre su vida en un suspiro:

Madrid y Oporto hechas carne. Iberia en un cuerpo.
Luxemburgo. Recuerdo borroso. Nieve.
España, de nuevo. Alicante. Infancia.
Una lluviosa Inglaterra, Newbury.
Y una vez más Alicante. Adolescencia.
Madrid, la capital.
Medio Oeste norteamericano en Saint Louis. Errores. Enseñanza.
Regreso a Madrid, y agobio; claustrofobia.
Nigeria, África, un sueño…una decepción. Lección de vida. Aprendizaje.
Egipto, caos, pirámides. Amor, pasión, engaño y desamor.
Pero antes, Colombia. Reencuentro.
Y entre destino y destino, decenas de viajes.
Pueblos, ciudades, países, continentes. En general, paisajes.
Filipinas en ese instante.

En el horizonte, observó que una línea de olas comenzaba a formarse, lentamente acercándose hacia él. Era el momento que llevaba semanas esperando.

Con un movimiento de torso hacia la izquierda, e impulsándose con sus piernas, colocó su tabla en paralelo a la playa. La llegada del oleaje era inminente. Dejó pasar la primera ola. Y la segunda. Hizo un amago de tumbarse para coger la tercera, pero logró vislumbrar la cresta de la cuarta, y se convenció para esperarla.

Lisa, Perfecta. Esa. Esa era.

Una vez más, giró su tabla, esta vez posicionándola apuntando a la costa, sutilmente hacia la izquierda, pues era la dirección en la que rompía el oleaje. Comenzó a remar, primero ligeramente, después con más fuerza, a medida que se le acercaba la masa de agua, que finalmente se le echó encima. Tras unas últimas brazadas, se dejó impulsar por la fuerza de la ola, dejando una estela detrás de él. En una sucesión de movimientos intuitivos, alzó el pecho, clavó su rodilla derecha en la tabla, levantó su pierna izquierda seguida de la otra, para finalmente incorporarse. Con un rápido juego de pies, giró su cuerpo colocándose con la tabla de nuevo en paralelo a la arena, así como su cuerpo. Y se deslizó por la ola.

Con las piernas flexionadas para mantener el equilibrio, extendió su brazo izquierdo, dejando que su mano marcase en el agua el recorrido de su ejercicio. Simultáneamente, posó ligeramente la vista en el paisaje que se extendía más allá del agua. Su cerebro intentó copar con la inmensidad del momento.

La colina cubierta de verdes plantas tropicales. El pueblecito de casas de madera y cemento, con tejados de distintos colores. Otros surfistas observándole, esperando su oportunidad de encontrarse donde él. La arena oscura. Las rocas. El sonido de la cresta derrumbándose a sus espaldas. El agua escurriéndose por su cara hasta llegar a su boca, dejando un rastro de sal en sus labios. La brisa marina. El atardecer surasiático. Todo, absolutamente todo, formaba parte de una composición; de una gran obra integrada por elementos que en su conjunto llegarían a formar un recuerdo para no olvidar.

Y embaucado por la magia de la experiencia, fue ahí que entendió un poquito mejor que la vida no es más que una ola que hay que aprender a cabalgar.

miércoles, 16 de julio de 2014

La inspiración, bendita puta de bar

La inspiración, bendita puta de bar que viene y va. Juega con nosotros, con vosotros, con ellos. Un día está, al día siguiente se esfuma tan pronto como llegó.  Sin explicaciones. Sin más.

La inspiración no tiene dueño, patria ni hogar. Es de aquí y de allá. Tampoco tiene raza. Ni religión. Ni ideología.

La inspiración nos hace reír y llorar; amar y odiar. Con ella nos sentimos más vivos, o más muertos, depende, pero sentimos. Sentimos.

Folios teñidos de tinta.

O papeles en blanco. Porque, ¿qué es de la inspiración cuando nos falta? ¿Adónde va? ¿A quién se lleva?

¿Se lleva, acaso, los recuerdos que deambulan por nuestra cabeza y dejan escapar un aire de lo que había dentro pero nunca imaginaba salir? ¿Se lleva esa sonrisa, tan bien ganada, de ésa chica, en ése café de Buenos Aires en el 2008? ¿Se lleva el olor a pastel de zanahorias o se lleva ése increíble oso azul con alas del que tanto nos habló la magia de las guitarras de Led Zeppelin un domingo de vicios en Holanda?

No, me niego a pensarlo. Todo eso está ahí, deambulando por alguna neurona que, respondiendo a un ataque emocional, no carga y descarga la energía que transfiere esos recuerdos a la otra neurona. En su lugar, los hace viajar hasta encontrar el punto en el que el impulso impone en primer plano de la mente esa sonrisa, tan bien ganada, de ésa chica en ése café de Buenos Aires en el 2008. Y de ahí uno puede saborear la historia que llevó a ese recuerdo.



TEXTO ESCRITO A CUATRO MANOS (20 DEDOS) CON MRS. JANE DOE, AUTORA DEL BLOG http://caffemorrison.blogspot.com/

miércoles, 4 de junio de 2014

Lágrimas en la madrugada

Ahmed se despertó con los primeros rayos de sol bañándole la cara. Gamal, su hermano menor, dormía a su lado, con la cabeza recostada en el hombro de Heba, su madre, quien también se encontraba sumida en un profundo sueño.
Vivían a la intemperie. Durante el día, vagabundeaban por las calles de Zamalek - una de las zonas más afluentes y emblemáticas de El Cairo -, normalmente a las puertas de alguno de los múltiples bares y restaurantes que llenaban el barrio.
Por las noches, se refugiaban detrás de la poca intimidad que podían ofrecer un par de contenedores de basura, con pedazos de cartón podrido y mugriento haciendo de colchón.

No siempre la calle fue su hogar. Hubo un tiempo en el que dormían bajo un techo, más bien humilde, pero un techo, a fin de cuentas. Pero de eso, hacía ya años; los mismos que tenía el pequeño Gamal, el cual había nacido tan solo unos meses después del fallecimiento de su padre, víctima de un cáncer.

Su madre, viuda, emigrante del sur del país, sin familia en la ciudad, sin trabajo y con dos bocas pequeñas que alimentar; se vio incapaz de hacer frente a los gastos de alquiler del modesto apartamento de una habitación en el que vivían, pues le resultaría imposible compaginar un trabajo con hacerse cargo de las criaturas.

Durante los primeros meses tras la muerte de su marido, se dejó cortejar por varios hombres, la mayoría amigos y conocidos de su difunto esposo, como a menudo mandaba la costumbre egipcia. Era consciente de que sola no podría sacar a sus hijos adelante. Tenía que volver a casarse. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que ningún hombre no solo no querría hacerse cargo de ella a su edad, si no mantener y educar a dos niños ajenos como si fuesen propios.

Estaba desesperada. Sin familiares cerca en los que apoyarse, intentó pedir ayuda a vecinos y amigos, los cuales se la ofrecían durante un tiempo, hasta que terminaban hartándose de tener que cargar con los gastos de una familia de tres.

Tras cinco meses del fallecimiento del padre de Ahmed y Gamal, consiguieron que Fatma, una amiga íntima de Heba, y su marido Amr les alojasen. Vivían en la parte más humilde de Mohandeseen, un barrio cairota donde en un mismo kilómetro cuadrado podían estar cerrándose simultáneamente acuerdos comerciales entre las principales empresas egipcias o las mafias de tráfico de hachís más importantes del país. Era, sin duda, un barrio de contrastes. Un reflejo de la sociedad de aquella inmunda ciudad.

Fatma y su marido Amr no tenían hijos, pues él era estéril, algo que marcó su carácter para siempre, convirtiéndolo en un hombre reservado, amargado y a menudo agresivo. Ahmed y Gamal le tenían miedo. Su mirada no era transparente y ellos lo notaban. Es más, a pesar de su corta edad y aparente inocencia, eran capaces de percibir el odio injustificado que Amr les profesaba.

“No nos gusta como nos mira”, se quejaban a menudo los pequeños a su madre, la cual intentaba tranquilizarlos prometiéndoles que pronto volverían a casa. Pero ese día tan ansiado no llegaba, aumentando la tensión entre Fatma y su esposo, pues ella era partidaria de hospedar a su amiga el tiempo que fuese necesario, mientras que él, lleno de egoísmo e incapaz de sentir ni un ápice de lástima por Heba, se oponía a la idea. Esta animadversión hacia la huésped y su familia se hacia más evidente las noches que Amr bebía, pues pasaba de reflejarse en la mirada y el lenguaje corporal a traducirse en palabras agresivas y vejaciones, a lo que los niños y su madre no podían responder como deseaban debido a la delicada situación en la que se encontraban.

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Habían pasado dos meses desde la llegada de Heba y los niños cuando Fatma tuvo que partir hacia Alejandría, su ciudad natal y donde todavía residía la mayor parte de su familia. Su hermana acababa de dar a luz a su tercer vástago y necesitaba ayuda en casa. A Heba le inquietaba la idea de pasar varias semanas sin su amiga, pues sabía que sin ella sería difícil continuar conteniendo a Amr y su voluntad de expulsarles de casa.

Como cada noche, Ahmed y Gamal dormían plácidamente a escasos metros de Heba, compartiendo un viejo colchón colocado en el suelo del salón-comedor-cocina, junto al sofá que hacía de cama para su madre. Habían pasado tres semanas desde que Fatma viajase al norte del país. Desde entonces, Heba había relevado a su amiga en el desempeño de las tareas domésticas. A diario, dejaba comida preparada para Amr, quien regresaba del trabajo a altas horas de la noche, normalmente en un alto estado de embriaguez.

Heba solía acostar a los niños temprano con el fin de evitar que se encontrasen con su anfitrión y que éste pudiese descargar toda su furia y frustraciones en ellos, durante alguno de sus múltiples ataques de ira. Ella, incapaz de conciliar el sueño con la facilidad que lo hacían sus hijos, esperaba acostada a que Amr llegase, fingía estar dormida mientras éste devoraba con ansia la comida que su huésped le había preparado, y una vez este caía rendido en su cuarto, volvía a abrir los ojos para observar a sus dos retoños, esperando encontrar una solución a su situación desesperada en la soledad de la madrugada cairota.

Botella de cerveza en mano, aquella noche Amr llegó más tarde de lo habitual. Entró en el pequeño apartamento dando tumbos. Asustada por el tumulto que éste estaba causando, Heba cerró fuertemente los ojos, suplicándole a Allah que los niños no se despertasen, al tiempo que Amr destapaba la cazuela de kushari que ésta había preparado para él. 

De pronto, un fuerte estruendo hizo que abriese los ojos y se incorporase en el sofá. Heba pudo observar que la tapa metálica de la cazuela se encontraba en el suelo, cerca de los pies de Amr, girando sobre si misma como una peonza impulsada por la violencia con que éste la había lanzado.

-       “¿Qué es esta mierda?”, gritó él, poseído por la rabia y los efectos del alcohol.

-       “Es kushari. Le he puesto los mismo ingredientes que siempre”, contestó ella sin mirarle a los ojos, con la mirada fija en el suelo.

-       “¡No sabe a nada!”, exclamó él enfurecido, alzando todavía más la voz.

-       “Por favor, no grites. Cocinaré lo que desees en este instante, pero te lo suplico, baja la voz. Los niños están durmiendo”, suplicó Heba.

Movido por la ira, Amr dio un manotazo a la cazuela, haciéndola caer al suelo y provocando que la comida quedase desparramada sobre las baldosas del piso. Despertados por el alboroto causado, Ahmed y Gamal comenzaron a llorar desconsolados. Heba hizo un amago de girarse, dispuesta a consolar a sus hijos, ubicados detrás de ella, pero un fuerte agarrón del brazo hizo que se quedase donde estaba.

-       “¿A dónde crees que vas? ¿Crees que esto se limpia solo?”, gritaba furioso Amr sin soltar el antebrazo de Heba.

-       “¡Déjame!”, sollozó ella al tiempo que peleaba por deshacerse de las garras de su agresor para atender a los pequeños.

Tras varios segundos de forcejeo, logró desprenderse de un cada vez más alterado Amr, se giró y se agachó para consolar a Ahmed y Gamal, que seguían llorando sobre el colchón. Rojo, con los ojos inyectados en sangre, sudando; Amr estaba fuera de control. Con un movimiento rápido, el encolerizado anfitrión del modesto apartamento agarró por la nuca a su huésped, tirando de ella hacia él, y provocando que el hiyab se deslizase hacia atrás, dejando la mayor parte de su cabeza al descubierto.

Los gritos de Heba eran ensordecedores, tanto como el llanto de sus dos retoños. Intentó huir sin éxito, pues Amr se había apresurado a agarrarla por la cintura con su mano libre, levantándola del suelo. Las patadas y puñetazos de la madre no impedían a su agresor avanzar con paso decidido y mirada perdida hacia el único cuarto del apartamento. Sin molestarse en cerrar la puerta del todo, Amr lanzó a Heba violentamente sobre la cama. Como un animal en celo, se abalanzó sobre ella, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre el de ella. Éste le puso una mano sobre la boca, con el fin de acallar sus gritos, al tiempo que comenzaba a besarle el cuello y la cara. La situación en la que se encontraba, unida al fuerte olor a alcohol  y tabaco que desprendía Amr por la boca, le causaban arcadas. Él deslizó dos de sus mugrientos dedos dentro de su boca, provocándole involuntariamente el vómito.

-       “¡Cerda! ¡Mira como has puesto todo!”, gritó él, acompañando su berrido de una fortísima bofetada.

La intensidad del golpe fue tal que Heba quedó semi-inconsciente. Con la mirada perdida en ninguna parte, dejó de forcejear, incapaz de continuar peleando por su dignidad. Cubierta en vómitos, sangre, sudor y lágrimas, notó como Amr le levantaba la galabiya, a lo que fue incapaz de oponer resistencia. Sus gruesos y sucios dedos recorrieron con ansia cada parte del cuerpo de ella durante varios minutos, antes de bajarse los pantalones y la ropa interior, para finalmente penetrarla.

En estado de shock y todavía aturdida por el fuerte golpe que el monstruo que yacía sobre ella le había propinado hacía unos minutos, Heba apenas reaccionaba. Con cada impulso de él, ella perdía un pedazo de su alma. En el salón, Gamal continuaba llorando. Ahmed, el mayor, se acercó a la puerta, que seguía entreabierta. Sin acabar de entender lo que ocurría, pero a sabiendas de que su madre estaba sufriendo, quedó paralizado, observando como Amr continuaba abusando de su madre. Tras varios segundos intentando comprender la escena de la que era testigo, su mirada se cruzó con la de su progenitora. A ella, una tremenda sensación de impotencia le invadió al percatarse de la presencia de su hijo. Quiso chillar, decidle que corriese, que gritase, que pidiese auxilio. Pero ni de pestañear era capaz. Ahmed, petrificado, tampoco conseguía reaccionar. Había perdido su inocencia para siempre.

Tan solo una lágrima que corría lentamente por la mejilla de la madre hacía indicar que quedaba algo de vida en la pobre mujer. Al verla llorar, los ojos de Ahmed también se humedecieron. Y en la soledad que les envolvía, con los gemidos de animal de Amr y el sonido del crujir de la vieja cama de madera de fondo, se miraron, llorando, sin mediar palabra. Poco después, Amr se incorporó, se subió la ropa interior y los pantalones, lo que hacía indicar que había terminado su cruel y cobarde faena. Salió de la habitación dandole un leve empujón a Ahmed, que ni se inmutó. 

-       “¡No te olvides de limpiar el suelo de la cocina!”, gritó antes de abandonar el apartamento tras un portazo.

El silencio de la noche envolvió a esas dos almas cuya vida, o la poca que les quedaba, cambiaría para siempre. Madre e hijo permanecieron en silencio sin moverse, con la mirada fija el uno en el otro, derramando lágrimas hasta el amanecer, llenando el pozo de miseria en el que se hallaban.



CONTINUARÁ

miércoles, 7 de mayo de 2014

El último abrazo

A duras penas, y tras varios intentos, consiguió introducir la llave en la cerradura. Dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre la puerta, apoyando su frente contra ésta. Los primeros rayos de sol comenzaban a vislumbrarse y continuaba completamente ebrio.

-         “Patético”, balbuceó, mientras giraba la llave dos veces hacia la izquierda.

Con un leve empujón, abrió la puerta y entró en casa. Torpemente, se descalzó y se quitó los pantalones en el pasillo, intentando no perder el equilibrio. Se dirigió hacia el amplio salón con su portátil en la mano, y se sentó en el sofá. Buscó en Itunes el álbum ‘Legend’, de Bob Marley y le dio a play, al tiempo que sacaba de su bolsillo los restos de cocaína que le habían sobrado de esa noche. Abrió el envoltorio y lo vació sobre la tapa de un libro colocado sobre la mesa de salón. La farlopa era tan fina que no hacía falta machacarla. Tras alinear varias rayas, enrolló un billete de 500 Cedi y comenzó un proceso ya rutinario de cada fin de semana.

Sin contención alguna, esnifó dos líneas seguidas, encendió un cigarrillo, y se dejó hundir en el sofá, apoyando su espalda contra el respaldo. Y mientras observaba como el humo tras las primeras caladas se esparcía por el salón, notó como la droga comenzaba a hacer su efecto. Se sentía bien, ligero. Por unos momentos, todos sus tormentos salieron de él como demonios y le dejaron en paz: el recuerdo de su madre y de uno de sus amigos de la infancia, fallecidos apenas unas semanas atrás; los sentimientos permanentes de insatisfacción, desorientación, desamparo y fragilidad; las dudas acerca de su presente, de su pasado, de su futuro. Era temporalmente libre.

Los suaves acordes de la música del maestro del reggae se entremezclaban con el sonido procedente de la vieja máquina de aire acondicionado que a duras penas enfriaba su apartamento. Tras cada canción, volvía a encender otro cigarrillo; cada dos, esnifaba una raya más. Se quitó la camiseta, se levantó, y cerró los ojos. Su cuerpo se balanceaba al son de la música, de un lado para otro.

Don't worry about a thing
'Cause every little thing gonna be alright
Singing: "Don't worry about a thing
'Cause every little thing gonna be alright"


Sentía cada letra como si fuese suya. Las cantaba. Se emocionaba con ellas. Hasta que el álbum llegó a su fin, y con él, la tranquilidad interna que hacía tiempo que no disfrutaba. Y un tremendo vacío comenzó a invadirle el alma. Uno tras otro, todos sus demonios entraron de golpe por la ventana, empujados por la brisa tropical que suavizaba las temperaturas de aquella ciudad inmunda. Habían ocupado cada esquina del salón y no le dejaban respirar. Daban vueltas a la habitación, rodeándole. La claustrofobia le ahogaba. Estaba acorralado, prisionero de sus tormentos, que iban entrando en su cuerpo, oscureciéndole el alma con cada paso que daban dentro de él.

Volvió a sentarse en el sofá, pues le fallaban las fuerzas. Solo, semi-desnudo, en aquél país de mierda. Sintió vértigo como nunca antes lo había sentido. No era más que una mota de polvo en medio de la nada. Ni un punto de apoyo, ni un hombro sobre el que llorar. El calor tropical se tornó frío polar, y el amanecer en anochecer.

La soledad le hizo acordarse de su madre, a quien recurría tras cada tropiezo. Era su hijo pequeño, su ojo derecho, su protegido. Se fue de este mundo ignorando cómo era el  verdadero él. Ese él dominado por el desenfreno, el exceso, la impulsividad, la lujuria, la debilidad, el egocentrismo; y todos aquellos otros valores que ella despreciaba, no solo por sus profundas convicciones religiosas, sino también porque consideraba que lo alejaban a uno del equilibrio que todos buscamos. El hecho de pensar que su madre le pudiese estar observando, haya donde estuviese, le estremeció.

20 y tantos años aprendiendo de ella, y no había quedado en él ni una pizca de lo que con tanto amor le había inculcado. ¿En qué momento se desvió del camino?
-          “Lo siento”, sollozó con los ojos cerrados.

Dejó que las lágrimas corriesen por su mejilla. Hacía tiempo que no lloraba de esa manera. Cada gota que derramaba era un recordatorio de que ese ‘yo interno’ sombrío se había impuesto al resto de alter egos, convirtiéndole en alguien irreconocible.

A medida que el sol iba entrando por las ventanas del salón, se sentía más expuesto a su madre. ¡Estaba presente, lo notaba! Por unos instantes tuvo la tentación de abrir los ojos, con la esperanza de encontrarla sentada junto a él en el sofá. Rápidamente abandonó la idea, más por miedo a que se realizase que por considerarla absurda.

Pero no le hizo falta abrirlos. Aunque no físicamente, ella estaba ahí, escapando a cualquier esfuerzo suyo por entender lo que estaba ocurriendo. No estaba enfadada. Abrazándole, le sonreía mientras se llevaba dos dedos a la boca para peinarle con la saliva, como solía hacerle en su infancia. Aunque normalmente le recriminaba esta acción por considerarla repugnante, esta vez se dejó mimar. Había vuelto para salvarle del precipicio al que se acercaba dando pasos de gigantes. Apareció cuando más lo necesitaba, como siempre había hecho. Era su predilecto, al fin y al cabo.

-          “No llores, mi niño. No llores”, le repetía con dulzura. “Todo saldrá bien. Estoy contigo”.
-          “Lo sé”, dijo él, mientras intentaba esbozar una sonrisa, aún con los parpados cerrados.

Y en la tranquilidad de aquella mañana de domingo ghanesa, con el rebuznar del asno del vecino, durmió profundamente, soñando que ella le daba un último abrazo. Jamás volvería a estar solo.

jueves, 24 de abril de 2014

Las ocho letras de tu nombre

Las ocho letras de tu nombre. Solas, apenas significan nada. Juntas, un universo. O dos. U ocho.


Como bailarinas, danzan en mi cabeza al son de mis pensamientos, invadiendo cada espacio de mi mente. De un lado a otro, revoloteando por las esquinas de mi subconsciente, deletrean la misma palabra una y otra vez.

Son egoístas estas letras. Quieren toda la atención para ellas. Empujan, lloran, patalean; siempre buscando hasta la última pizca de mi atención. Obligan a que la orquesta de mis sentimientos toque exclusivamente para ellas. Y bailan, bailan, bailan; hasta que la madrugada las acuesta.

Desde que entraron en mí, me dejo llevar por sus exigencias. Me inclino ante ellas, las dejo acampar a sus anchas. Incluso he dado la orden de que no sean incomodadas por el resto de inquilinos de mi intelecto.


Las ocho letras de tu nombre. Solas, apenas significan nada. Juntas, un universo. O dos. U ocho.


Me han hecho perder toda independencia, guiado por la sinrazón de sus dictatoriales maneras. Ofuscado por lo que representan, obedezco cegado por la dulzura de sus movimientos, incapaz de pedirles un descanso.

Aun así, una parte de mi quiere que paren de danzar. Pero ellas no ceden, no dan respiro. Con autoridad defienden su terreno. Resisten a todo intento de revuelta del resto de inquilinos. Ilusos ellos, desconocen el arraigo con el que ellas se han asentado en mi mente.

Mi otra mitad las adula, las mima, les ruega que nunca se marchen. “Continuad bailando”, les pide. Y ellas, llenas de sí mismas, escuchan mis plegarias. Han venido para quedarse. Han crecido, y fortalecidas por su poder absoluto, ocupan ya el resto de mi ser.


Las ocho letras de tu nombre. Solas, apenas significan nada. Juntas, un universo. O dos. U ocho.

miércoles, 23 de abril de 2014

El río


La silla era de mimbre, un tanto incómoda para su gusto. Sentado sobre ella, en la terraza de la habitación del hotel en el que se hospedaba, contemplaba como el Nilo fluía majestuoso a sus pies, al tiempo que los últimos rayos del imponente sol egipcio se escondían tras la maraña de edificios decadentes en el horizonte. Incluso desde esa altura era imposible escapar a la perenne sensación de caos y bullicio que define El Cairo.
Con los ojos fijos en las aguas del río, y al son de la música árabe que retumbaba en todo el barrio procedente de una falouka amarrada a un muelle cercano, el Sr. M dio una calada más al porro de hachís que sujetaba con la mano izquierda.

“Amo esta vida”, pensó.

De pronto, se percató de que junto a él, a escasos centímetros a su derecha, una joven compartía terraza con él sentada en una silla idéntica a la suya. De belleza radiante, la misteriosa mujer no llevaba más que una camisa puesta. El Sr. M observó que era su propia camisa, la blanca de cuadros rojos a la que tanto apego tenía. Millones de preguntas le asaltaron. Desconocía quién era y como había llegado hasta allí. La curiosidad y la confusión le invadían. Sin embargo, se limitó a mirarla detenidamente, cautivado por el hechizo de su hermosura.

De cabellos largos, con tonalidades que iban del rubio al castaño, y ojos ligeramente rasgados como almendras y de color marrón, la joven se encontraba reclinada contra el respaldo de la silla. Con sus piernas estiradas y cruzadas, y el torso orientado en la misma dirección que la del Sr. M, la mujer giró su cabeza hacia la izquierda, para posar su intensa mirada en él. Sus ojos se clavaban como dagas en los de él, penetrando cada hueco de su alma. El Sr. M sintió una profunda sensación de debilidad. Cautivo, desarmado, había caído en las redes de aquella intrusa.

Continuó observándola. La camisa desabrochada dejaba la parte central del torso de la joven al descubierto, incluidas las mitades interiores de sus senos. Sus pezones sobresalían como dos rocas en el Mar Rojo, endurecidos por la suave brisa que azotaba la terraza. Perdido en sus pechos, el Sr. M notó como un escalofrío recorría toda su espalda.  Cuanto más la miraba, mas se disparaban sus niveles de testosterona y de lutropina, y con ello su deseo de tenerla en sus brazos. Bajó más la mirada hasta posarse en el ombligo; un oasis en medio de un desierto de piel suave y bronceada por el sol.

“Te deseo”, susurró el Sr. M mientras contenía todo impulso por tocar a la joven. Ella se limitó a sonreír sin abrir la boca. Sus labios carnosos pedían a gritos ser besados.

Movió ligeramente sus piernas, atrayendo hacia ellas la mirada de un cada vez más excitado Sr. M. Se percató de que la desconocida no llevaba ropa interior. Su glúteo izquierdo y perfectamente redondo quedaba al descubierto, mientras que los picos inferiores de la camisa tapaban convenientemente las partes intimas de la joven.

“Yo también quiero”, dijo ella con la mirada puesta en el porro, mientras el Sr. M terminaba de analizar cada detalle de sus piernas, las cuales había estirado con el fin de apoyar los pies en la barandilla de la terraza. 

Nervioso tras escuchar su voz, le acercó el canuto de hachís y tabaco. Ella lo cogió con su mano derecha sin quitarle la mirada de encima. Un nuevo escalofrío recorrió todo el cuerpo del Sr. M, cual terremoto. Lentamente, la misteriosa mujer se inclinó hacia él, posando su rostro frente al de él. Sus labios estaban a escasos centímetros de tocarse. Suavemente, con contención, ella dejó escapar el humo inhalado, hasta que éste chocaba en la boca del Sr. M, para luego perderse sobre la inmensidad del cielo cairota.

“Bésame”, le susurró ella mirándolo fijamente, incrementando la llama del deseo que hacía tiempo se había encendido en él.

Cuando se encontraba a milésimas de segundo de besar sus labios, todo se nubló a su alrededor. Poco a poco fueron desapareciendo las diminutas luces que se extendían en el horizonte de la gran urbe egipcia, el legendario Nilo se evaporó, los sonidos de los claxon y la música se desvanecieron, mientras que la joven se alejaba a una velocidad apabullante, como absorbida por un agujero negro. Las formas y los colores a su alrededor ya no eran discernibles, y los parpados le pesaban como dos compuertas de acero, hasta que finalmente, sin poder evitarlo, se le cerraron los ojos de nuevo.

Cuando los volvió a abrir, la desilusión se apoderó de él. Una vez más, se encontraba en aquella oficina claustrofóbica en Madrid, que le encarcelaba, le comía cada pedacito de su existencia. Su corazón palpitaba a 1000 revoluciones por segundo, hinchándose de nostalgia. Y aquella joven quedó para siempre en su memoria, dueña de sus sentimientos.