Tras varios minutos remando para
cruzar la barrera de olas, finalmente se sentó sobre su tabla de surf de siete pies,
con la punta orientada hacia la inmensidad del Mar de la China Meridional. A
sus espaldas, la playa. Y en poniente, el sol se esfumaba por la fina ranura
que separa el cielo y el agua, al tiempo que le tostaba las partes de su cuerpo
no cubiertas por bañador ni camiseta de lycra.
Respiró profundo. Con cada
bocanada, se aislaba más del mundo que quedaba al otro lado de la orilla. Sonrió.
El agua era cristalina, a pesar
del revuelo causado por la corriente y las olas, lo que le permitía apreciar un fondo semi-rocoso. Su temperatura, perfecta.
Y ahí, sentado, reflexionó sobre
su vida en un suspiro:
Madrid y Oporto hechas carne. Iberia
en un cuerpo.
Luxemburgo. Recuerdo borroso.
Nieve.
España, de nuevo. Alicante. Infancia.
Una lluviosa Inglaterra,
Newbury.
Y una vez más Alicante.
Adolescencia.
Madrid, la capital.
Medio Oeste norteamericano en Saint
Louis. Errores. Enseñanza.
Regreso a Madrid, y agobio;
claustrofobia.
Nigeria, África, un sueño…una
decepción. Lección de vida. Aprendizaje.
Egipto, caos, pirámides. Amor, pasión,
engaño y desamor.
Pero antes, Colombia.
Reencuentro.
Y entre destino y destino, decenas
de viajes.
Pueblos, ciudades, países, continentes.
En general, paisajes.
Filipinas en ese instante.
En el horizonte, observó que una
línea de olas comenzaba a formarse, lentamente acercándose hacia él. Era el
momento que llevaba semanas esperando.
Con un movimiento de torso hacia
la izquierda, e impulsándose con sus piernas, colocó su tabla en paralelo a la
playa. La llegada del oleaje era inminente. Dejó pasar la primera ola. Y la
segunda. Hizo un amago de tumbarse para coger la tercera, pero logró vislumbrar
la cresta de la cuarta, y se convenció para esperarla.
Lisa, Perfecta. Esa. Esa era.
Una vez más, giró su tabla, esta
vez posicionándola apuntando a la costa, sutilmente hacia la izquierda, pues
era la dirección en la que rompía el oleaje. Comenzó a remar, primero ligeramente,
después con más fuerza, a medida que se le acercaba la masa de agua, que
finalmente se le echó encima. Tras unas últimas brazadas, se dejó impulsar por
la fuerza de la ola, dejando una estela detrás de él. En una sucesión de
movimientos intuitivos, alzó el pecho, clavó su rodilla derecha en la tabla,
levantó su pierna izquierda seguida de la otra, para finalmente incorporarse.
Con un rápido juego de pies, giró su cuerpo colocándose con la tabla de nuevo
en paralelo a la arena, así como su cuerpo. Y se deslizó por la ola.
Con las piernas flexionadas para
mantener el equilibrio, extendió su brazo izquierdo, dejando que su mano
marcase en el agua el recorrido de su ejercicio. Simultáneamente, posó
ligeramente la vista en el paisaje que se extendía más allá del agua. Su
cerebro intentó copar con la inmensidad del momento.
La colina cubierta de verdes
plantas tropicales. El pueblecito de casas de madera y cemento, con tejados de
distintos colores. Otros surfistas observándole, esperando su oportunidad de encontrarse
donde él. La arena oscura. Las rocas. El sonido de la cresta derrumbándose a
sus espaldas. El agua escurriéndose por su cara hasta llegar a su boca, dejando
un rastro de sal en sus labios. La brisa marina. El atardecer surasiático. Todo,
absolutamente todo, formaba parte de una composición; de una gran obra
integrada por elementos que en su conjunto llegarían a formar un recuerdo para
no olvidar.
Y embaucado por la magia de la experiencia, fue ahí que entendió un poquito mejor que la vida no es más que una ola que hay que aprender a cabalgar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario