domingo, 10 de agosto de 2014

La ola

Tras varios minutos remando para cruzar la barrera de olas, finalmente se sentó sobre su tabla de surf de siete pies, con la punta orientada hacia la inmensidad del Mar de la China Meridional. A sus espaldas, la playa. Y en poniente, el sol se esfumaba por la fina ranura que separa el cielo y el agua, al tiempo que le tostaba las partes de su cuerpo no cubiertas por bañador ni camiseta de lycra.

Respiró profundo. Con cada bocanada, se aislaba más del mundo que quedaba al otro lado de la orilla. Sonrió.

El agua era cristalina, a pesar del revuelo causado por la corriente y las olas, lo que le permitía apreciar un fondo semi-rocoso. Su temperatura, perfecta.

Y ahí, sentado, reflexionó sobre su vida en un suspiro:

Madrid y Oporto hechas carne. Iberia en un cuerpo.
Luxemburgo. Recuerdo borroso. Nieve.
España, de nuevo. Alicante. Infancia.
Una lluviosa Inglaterra, Newbury.
Y una vez más Alicante. Adolescencia.
Madrid, la capital.
Medio Oeste norteamericano en Saint Louis. Errores. Enseñanza.
Regreso a Madrid, y agobio; claustrofobia.
Nigeria, África, un sueño…una decepción. Lección de vida. Aprendizaje.
Egipto, caos, pirámides. Amor, pasión, engaño y desamor.
Pero antes, Colombia. Reencuentro.
Y entre destino y destino, decenas de viajes.
Pueblos, ciudades, países, continentes. En general, paisajes.
Filipinas en ese instante.

En el horizonte, observó que una línea de olas comenzaba a formarse, lentamente acercándose hacia él. Era el momento que llevaba semanas esperando.

Con un movimiento de torso hacia la izquierda, e impulsándose con sus piernas, colocó su tabla en paralelo a la playa. La llegada del oleaje era inminente. Dejó pasar la primera ola. Y la segunda. Hizo un amago de tumbarse para coger la tercera, pero logró vislumbrar la cresta de la cuarta, y se convenció para esperarla.

Lisa, Perfecta. Esa. Esa era.

Una vez más, giró su tabla, esta vez posicionándola apuntando a la costa, sutilmente hacia la izquierda, pues era la dirección en la que rompía el oleaje. Comenzó a remar, primero ligeramente, después con más fuerza, a medida que se le acercaba la masa de agua, que finalmente se le echó encima. Tras unas últimas brazadas, se dejó impulsar por la fuerza de la ola, dejando una estela detrás de él. En una sucesión de movimientos intuitivos, alzó el pecho, clavó su rodilla derecha en la tabla, levantó su pierna izquierda seguida de la otra, para finalmente incorporarse. Con un rápido juego de pies, giró su cuerpo colocándose con la tabla de nuevo en paralelo a la arena, así como su cuerpo. Y se deslizó por la ola.

Con las piernas flexionadas para mantener el equilibrio, extendió su brazo izquierdo, dejando que su mano marcase en el agua el recorrido de su ejercicio. Simultáneamente, posó ligeramente la vista en el paisaje que se extendía más allá del agua. Su cerebro intentó copar con la inmensidad del momento.

La colina cubierta de verdes plantas tropicales. El pueblecito de casas de madera y cemento, con tejados de distintos colores. Otros surfistas observándole, esperando su oportunidad de encontrarse donde él. La arena oscura. Las rocas. El sonido de la cresta derrumbándose a sus espaldas. El agua escurriéndose por su cara hasta llegar a su boca, dejando un rastro de sal en sus labios. La brisa marina. El atardecer surasiático. Todo, absolutamente todo, formaba parte de una composición; de una gran obra integrada por elementos que en su conjunto llegarían a formar un recuerdo para no olvidar.

Y embaucado por la magia de la experiencia, fue ahí que entendió un poquito mejor que la vida no es más que una ola que hay que aprender a cabalgar.

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