La
inspiración, bendita puta de bar que viene y va. Juega con nosotros, con
vosotros, con ellos. Un día está, al día siguiente se esfuma tan pronto como
llegó. Sin explicaciones. Sin más.
La
inspiración no tiene dueño, patria ni hogar. Es de aquí y de allá. Tampoco
tiene raza. Ni religión. Ni ideología.
La
inspiración nos hace reír y llorar; amar y odiar. Con ella nos sentimos más
vivos, o más muertos, depende, pero sentimos. Sentimos.
Folios
teñidos de tinta.
O
papeles en blanco. Porque, ¿qué es de la inspiración cuando
nos falta? ¿Adónde va? ¿A quién se lleva?
¿Se lleva, acaso, los recuerdos que deambulan por nuestra cabeza y dejan escapar un aire de lo que había dentro pero nunca imaginaba salir? ¿Se lleva esa sonrisa, tan bien ganada, de ésa chica, en ése café de Buenos Aires en el 2008? ¿Se lleva el olor a pastel de zanahorias o se lleva ése increíble oso azul con alas del que tanto nos habló la magia de las guitarras de Led Zeppelin un domingo de vicios en Holanda?
No, me niego a pensarlo. Todo eso está ahí, deambulando por alguna neurona que, respondiendo a un ataque emocional, no carga y descarga la energía que transfiere esos recuerdos a la otra neurona. En su lugar, los hace viajar hasta encontrar el punto en el que el impulso impone en primer plano de la mente esa sonrisa, tan bien ganada, de ésa chica en ése café de Buenos Aires en el 2008. Y de ahí uno puede saborear la historia que llevó a ese recuerdo.
TEXTO ESCRITO A CUATRO MANOS (20 DEDOS) CON MRS. JANE DOE, AUTORA DEL BLOG http://caffemorrison.blogspot.com/
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