Ahmed se despertó con los
primeros rayos de sol bañándole la cara. Gamal, su hermano menor, dormía a su
lado, con la cabeza recostada en el hombro de Heba, su madre, quien también se
encontraba sumida en un profundo sueño.
Vivían a la intemperie. Durante
el día, vagabundeaban por las calles de Zamalek - una de las zonas más
afluentes y emblemáticas de El Cairo -, normalmente a las puertas de alguno de
los múltiples bares y restaurantes que llenaban el barrio.
Por las noches, se refugiaban
detrás de la poca intimidad que podían ofrecer un par de contenedores de
basura, con pedazos de cartón podrido y mugriento haciendo de colchón.
No siempre la calle fue su
hogar. Hubo un tiempo en el que dormían bajo un techo, más bien humilde, pero
un techo, a fin de cuentas. Pero de eso, hacía ya años; los mismos que tenía el
pequeño Gamal, el cual había nacido tan solo unos meses después del
fallecimiento de su padre, víctima de un cáncer.
Su madre, viuda, emigrante del
sur del país, sin familia en la ciudad, sin trabajo y con dos bocas pequeñas que
alimentar; se vio incapaz de hacer frente a los gastos de alquiler del modesto
apartamento de una habitación en el que vivían, pues le resultaría imposible
compaginar un trabajo con hacerse cargo de las criaturas.
Durante los primeros meses tras
la muerte de su marido, se dejó cortejar por varios hombres, la mayoría amigos
y conocidos de su difunto esposo, como a menudo mandaba la costumbre egipcia.
Era consciente de que sola no podría sacar a sus hijos adelante. Tenía que volver
a casarse. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que ningún
hombre no solo no querría hacerse cargo de ella a su edad, si no mantener y
educar a dos niños ajenos como si fuesen propios.
Estaba desesperada. Sin
familiares cerca en los que apoyarse, intentó pedir ayuda a vecinos y amigos,
los cuales se la ofrecían durante un tiempo, hasta que terminaban hartándose de
tener que cargar con los gastos de una familia de tres.
Tras cinco meses del
fallecimiento del padre de Ahmed y Gamal, consiguieron que Fatma, una amiga
íntima de Heba, y su marido Amr les alojasen. Vivían en la parte más humilde de
Mohandeseen, un barrio cairota donde en un mismo kilómetro cuadrado podían
estar cerrándose simultáneamente acuerdos comerciales entre las principales empresas egipcias o las mafias de tráfico de hachís más
importantes del país. Era, sin duda, un barrio de contrastes. Un reflejo de la
sociedad de aquella inmunda ciudad.
Fatma y su marido Amr no tenían
hijos, pues él era estéril, algo que marcó su carácter para siempre,
convirtiéndolo en un hombre reservado, amargado y a menudo agresivo. Ahmed y
Gamal le tenían miedo. Su mirada no era transparente y ellos lo notaban. Es
más, a pesar de su corta edad y aparente inocencia, eran capaces de percibir el
odio injustificado que Amr les profesaba.
“No nos gusta como nos mira”, se
quejaban a menudo los pequeños a su madre, la cual intentaba tranquilizarlos
prometiéndoles que pronto volverían a casa. Pero ese día tan ansiado no llegaba,
aumentando la tensión entre Fatma y su esposo, pues ella era partidaria de
hospedar a su amiga el tiempo que fuese necesario, mientras que él, lleno de
egoísmo e incapaz de sentir ni un ápice de lástima por Heba, se oponía a la
idea. Esta animadversión hacia la huésped y su familia se hacia más evidente
las noches que Amr bebía, pues pasaba de reflejarse en la mirada y el lenguaje
corporal a traducirse en palabras agresivas y vejaciones, a lo que los niños y
su madre no podían responder como deseaban debido a la delicada situación en la
que se encontraban.
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Habían pasado dos meses desde la
llegada de Heba y los niños cuando Fatma tuvo que partir hacia Alejandría, su
ciudad natal y donde todavía residía la mayor parte de su familia. Su hermana
acababa de dar a luz a su tercer vástago y necesitaba ayuda en casa. A Heba le
inquietaba la idea de pasar varias semanas sin su amiga, pues sabía que sin
ella sería difícil continuar conteniendo a Amr y su voluntad de expulsarles de
casa.
Como cada noche, Ahmed y Gamal
dormían plácidamente a escasos metros de Heba, compartiendo un viejo colchón
colocado en el suelo del salón-comedor-cocina, junto al sofá que hacía de cama
para su madre. Habían pasado tres semanas desde que Fatma viajase al norte del
país. Desde entonces, Heba había relevado a su amiga en el desempeño de las
tareas domésticas. A diario, dejaba comida preparada para Amr, quien regresaba
del trabajo a altas horas de la noche, normalmente en un alto estado de
embriaguez.
Heba solía acostar a los niños
temprano con el fin de evitar que se encontrasen con su anfitrión y que éste
pudiese descargar toda su furia y frustraciones en ellos, durante alguno de sus
múltiples ataques de ira. Ella, incapaz de conciliar el sueño con la facilidad
que lo hacían sus hijos, esperaba acostada a que Amr llegase, fingía estar
dormida mientras éste devoraba con ansia la comida que su huésped le había
preparado, y una vez este caía rendido en su cuarto, volvía a abrir los ojos
para observar a sus dos retoños, esperando encontrar una solución a su
situación desesperada en la soledad de la madrugada cairota.
Botella de cerveza en mano,
aquella noche Amr llegó más tarde de lo habitual. Entró en el pequeño
apartamento dando tumbos. Asustada por el tumulto que éste estaba causando,
Heba cerró fuertemente los ojos, suplicándole a Allah que los niños no se
despertasen, al tiempo que Amr destapaba la cazuela de kushari que ésta había preparado para él.
De pronto, un fuerte estruendo hizo
que abriese los ojos y se incorporase en el sofá. Heba pudo observar que la
tapa metálica de la cazuela se encontraba en el suelo, cerca de los pies de
Amr, girando sobre si misma como una peonza impulsada por la violencia con que
éste la había lanzado.
- “¿Qué es esta mierda?”, gritó él,
poseído por la rabia y los efectos del alcohol.
-
“Es kushari. Le he puesto
los mismo ingredientes que siempre”, contestó ella sin mirarle a los ojos, con
la mirada fija en el suelo.
-
“¡No sabe a nada!”, exclamó él
enfurecido, alzando todavía más la voz.
-
“Por favor, no grites. Cocinaré lo que desees en este instante, pero
te lo suplico, baja la voz. Los niños están durmiendo”, suplicó Heba.
Movido por la ira, Amr dio un
manotazo a la cazuela, haciéndola caer al suelo y provocando que la comida
quedase desparramada sobre las baldosas del piso. Despertados por el alboroto
causado, Ahmed y Gamal comenzaron a llorar desconsolados. Heba hizo un amago de
girarse, dispuesta a consolar a sus hijos, ubicados detrás de ella, pero un
fuerte agarrón del brazo hizo que se quedase donde estaba.
-
“¿A dónde crees que vas? ¿Crees que esto se limpia solo?”, gritaba furioso Amr sin soltar el
antebrazo de Heba.
-
“¡Déjame!”, sollozó ella al tiempo
que peleaba por deshacerse de las garras de su agresor para atender a los
pequeños.
Tras varios segundos de forcejeo,
logró desprenderse de un cada vez más alterado Amr, se giró y se agachó para
consolar a Ahmed y Gamal, que seguían llorando sobre el colchón. Rojo, con los
ojos inyectados en sangre, sudando; Amr estaba fuera de control. Con un
movimiento rápido, el encolerizado anfitrión del modesto apartamento agarró por
la nuca a su huésped, tirando de ella hacia él, y provocando que el hiyab se deslizase hacia atrás, dejando
la mayor parte de su cabeza al descubierto.
Los gritos de Heba eran
ensordecedores, tanto como el llanto de sus dos retoños. Intentó huir sin
éxito, pues Amr se había apresurado a agarrarla por la cintura con su mano
libre, levantándola del suelo. Las patadas y puñetazos de la madre no
impedían a su agresor avanzar con paso decidido y mirada perdida hacia el único
cuarto del apartamento. Sin molestarse en cerrar la puerta del todo, Amr lanzó
a Heba violentamente sobre la cama. Como un animal en celo, se abalanzó sobre
ella, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre el de ella. Éste le puso una
mano sobre la boca, con el fin de acallar sus gritos, al tiempo que comenzaba a
besarle el cuello y la cara. La situación en la que se encontraba, unida al
fuerte olor a alcohol y tabaco que
desprendía Amr por la boca, le causaban arcadas. Él deslizó dos de sus
mugrientos dedos dentro de su boca, provocándole involuntariamente el vómito.
-
“¡Cerda! ¡Mira como has puesto todo!”, gritó él, acompañando su berrido de una fortísima
bofetada.
La intensidad del golpe fue tal que
Heba quedó semi-inconsciente. Con la mirada perdida en ninguna parte, dejó de
forcejear, incapaz de continuar peleando por su dignidad. Cubierta en vómitos,
sangre, sudor y lágrimas, notó como Amr le levantaba la galabiya, a lo que fue incapaz de oponer resistencia. Sus gruesos y
sucios dedos recorrieron con ansia cada parte del cuerpo de ella durante varios
minutos, antes de bajarse los pantalones y la ropa interior, para finalmente
penetrarla.
En estado de shock y todavía
aturdida por el fuerte golpe que el monstruo que yacía sobre ella le había
propinado hacía unos minutos, Heba apenas reaccionaba. Con cada impulso de él,
ella perdía un pedazo de su alma. En el salón, Gamal continuaba llorando. Ahmed,
el mayor, se acercó a la puerta, que seguía entreabierta. Sin acabar de
entender lo que ocurría, pero a sabiendas de que su madre estaba sufriendo, quedó
paralizado, observando como Amr continuaba abusando de su madre. Tras varios
segundos intentando comprender la escena de la que era testigo, su mirada se
cruzó con la de su progenitora. A ella, una tremenda sensación de impotencia le
invadió al percatarse de la presencia de su hijo. Quiso chillar, decidle que
corriese, que gritase, que pidiese auxilio. Pero ni de pestañear era capaz.
Ahmed, petrificado, tampoco conseguía reaccionar. Había perdido su inocencia para siempre.
Tan solo una lágrima que corría
lentamente por la mejilla de la madre hacía indicar que quedaba algo de vida en
la pobre mujer. Al verla llorar, los ojos de Ahmed también se humedecieron. Y
en la soledad que les envolvía, con los gemidos de animal de Amr y el sonido
del crujir de la vieja cama de madera de fondo, se miraron, llorando, sin mediar
palabra. Poco después, Amr se incorporó, se subió la ropa interior y los
pantalones, lo que hacía indicar que había terminado su cruel y cobarde faena.
Salió de la habitación dandole un leve empujón a Ahmed, que ni se inmutó.
-
“¡No te olvides de limpiar el
suelo de la cocina!”, gritó antes de abandonar el apartamento tras un portazo.
El silencio de la noche envolvió
a esas dos almas cuya vida, o la poca que les quedaba, cambiaría para siempre. Madre
e hijo permanecieron en silencio sin moverse, con la mirada fija el uno en el
otro, derramando lágrimas hasta el amanecer, llenando el pozo de miseria en el
que se hallaban.
CONTINUARÁ