Las ocho letras de tu nombre. Solas, apenas significan nada. Juntas, un
universo. O dos. U ocho.
Como bailarinas, danzan en mi cabeza al son de mis pensamientos, invadiendo
cada espacio de mi mente. De un lado a otro, revoloteando por las esquinas de
mi subconsciente, deletrean la misma palabra una y otra vez.
Son egoístas estas letras. Quieren toda la atención para ellas. Empujan,
lloran, patalean; siempre buscando hasta la última pizca de mi atención. Obligan
a que la orquesta de mis sentimientos toque exclusivamente para ellas. Y
bailan, bailan, bailan; hasta que la madrugada las acuesta.
Desde que entraron en mí, me dejo llevar por sus exigencias. Me inclino
ante ellas, las dejo acampar a sus anchas. Incluso he dado la orden de que no
sean incomodadas por el resto de inquilinos de mi intelecto.
Las ocho letras de tu nombre. Solas, apenas significan nada. Juntas, un
universo. O dos. U ocho.
Me han hecho perder toda independencia, guiado por la sinrazón de sus dictatoriales
maneras. Ofuscado por lo que representan, obedezco cegado por la dulzura de sus
movimientos, incapaz de pedirles un descanso.
Aun así, una parte de mi quiere que paren de danzar. Pero ellas no ceden,
no dan respiro. Con autoridad defienden su terreno. Resisten a todo intento de revuelta
del resto de inquilinos. Ilusos ellos, desconocen el arraigo con el que ellas se
han asentado en mi mente.
Mi otra mitad las adula, las mima, les ruega que nunca se marchen. “Continuad
bailando”, les pide. Y ellas, llenas de sí mismas, escuchan mis plegarias. Han
venido para quedarse. Han crecido, y fortalecidas por su poder absoluto, ocupan
ya el resto de mi ser.
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