lunes, 5 de octubre de 2015

Un minuto y cincuenta segundos

Un minuto y cincuenta segundos.

Sentada en una silla en una esquina de la habitación, prende el cigarro. La llama alumbra momentáneamente la estancia. En el lado opuesto del cuarto, a unos tres metros y medio de distancia, acostado en la cama su marido duerme. Ella expira lentamente el humo inhalado. En su mano izquierda una copa de whisky barato. Entre sus piernas, la botella, con unos cuatro dedos de contenido. En su regazo, una pistola. Con su mano derecha, sostiene el pitillo recién encendido; también una bala.

Un minuto y veinte segundos.

Acerca el cigarrillo a la boca e inhala de nuevo. Aguanta el humo unos segundos hasta marearse, y lo suelta, esta vez más rápido. Acto seguido acerca el vaso a los labios de un movimiento rápido, con ansia. Lo agarra con fuerza. Inclina bruscamente la cabeza hacia atrás y engulle el whisky. Intenta controlar una mueca de asco que se esboza en su cara. Levanta la cabeza y observa la silueta de la enorme barriga de su marido. Lo escucha roncar. Otra mueca se dibuja en su rostro, esta vez de desprecio.

Un minuto y cinco segundos.

Le da otra calada al cigarro. Desenrosca la botella y llena torpemente su vaso. Vuelve a enroscar la botella y la coloca una vez más entre sus piernas. De un trago, bebe el whisky. Se inclina hacia delante para dejar el vaso y la botella en el suelo. Vuelve a inhalar al tiempo que se incorpora y deja caer la ceniza a sus pies, sin importarle. Coloca el cigarrillo entre sus labios, empuña el arma, tira de la corredera y apunta hacia su marido. No le tiembla el pulso, aunque le sudan las manos. Sin coger el pitillo, inhala y exhala. Quita el seguro y aguanta la posición. Aprieta el gatillo y...'click'. Nada. La bala continúa en su mano. El cargador de la pistola, vacío. El marido ronca.

42 segundos.

Se inclina. Vuelve a servirse otra copa, que bebe de un trago acto seguido. Posa el vaso a sus pies, junto a la botella. El cigarrillo continúa entre sus labios. Inhala y exhala por enésima vez, de nuevo sin utilizar las manos. La ceniza vuelve a caer en el suelo. Se levanta. Su cara, llena de ira. Da dos pasos hacia la cama, pero duda, retrocede y vuelve a sentarse. Inhala y coge el cigarro con la mano izquierda. Carga el arma semiautomática, levanta lentamente su brazo derecho, hasta llevarse la pistola a la boca. Abre la boca e introduce unos dos centímetros del cañón. Un escalofrío recorre su espalda. Esta vez, sí que le tiembla el pulso. Le castañean los dientes, que chocan contra el frío cañón del arma. A pesar de ello, quita el seguro. Deja pasar unos segundos y...click. Nada. La bala continúa en su mano. El cargador de la pistola, vacío. El marido ronca.

17 segundos.

Se vuelve a inclinar por tercera vez. Agarra la botella, se incorpora sobre la silla, y apura el contenido restante, bebiendo directamente de ella. La coloca vacía entre sus muslos. Los ojos se clavan en su marido. La mirada, inyectada en odio y sangre, es feroz. En su mano derecha, juega con la bala momentáneamente, antes de liberar el cargador de pistola, con el fin de cargarla. En la izquierda, con los dedos índice y anular, sujeta el cigarrillo, cerca de consumirse. Con la bala ya en el cargador, se lleva el cigarrillo a los labios, inhala y exhala. Lo deja en su boca. Con ambas manos, levanta la pistola y apunta a su marido. Carga y quita el seguro. Siete segundos, seis, cinco...entrecierra los ojos...cuatro, tres...sonríe...dos, uno...respira hondo y...suena la alarma. Abre los ojos. Lunes, seis y media de la mañana. Comienza a amanecer. A su lado, su marido ronca. 

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