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lunes, 28 de marzo de 2016

El desierto

A sus pies, un mar de arena tostada por un sol justiciero que ponía su cara más amable para despedir el día, tiñendo el cielo de cincuenta sombras de naranja. Junto al Sr. M., buenos amigos; nuevos, pero de los que vinieron para quedarse. En el horizonte, el infinito, con forma de majestuosas dunas de contornos perfectamente definidos por el viento. Y en el pecho, un corazón a mil por hora, sediento por volver a sentir esa sensación de felicidad difícil de explicar que solo aquél que adopta perderse como hábito de vida puede entender.

Y ahí, en la inmensidad del suntuoso Desierto del Pacífico, volvió a sonreír sin motivo. Se disiparon las dudas, los fantasmas de errores pasados y los miedos. La mente, vacía. Ligera. Y su cara, fiel reflejo de su estado de ánimo.

Durante un breve instante, cruzó miradas con uno de sus amigos, para después asentir simultáneamente y volver a perder la vista en aquellas gigantescas olas doradas de arena. Centésimas de segundo que fueron suficientes para darse cuenta que ambos compartían la misma sensación de plenitud que les recorría cada milímetro de su cuerpo. Fue en ese momento que se percató de la ironía de la situación. Volvía a llenarse de vida en un lugar carente de ésta.