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sábado, 5 de marzo de 2016

Reflexiones de un sábado cualquiera

La droga más nociva no mata, o al menos no en el sentido biológico. No acaba con tabiques, pulmones o dientes. No se fuma, se pincha o se esnifa. No hay camello que la venda. No se incauta ni se planta. Es legal en todos lados, un vicio universal. La droga más nociva es la femme fatale.

Esa mujer independiente, seductora, sin ataduras, que quita más de lo que da, que sin conocerla atrapa, y por mucho que pasen los años, y  los caminos de ambos inevitablemente diverjan; deja una huella amarga en la memoria de uno, un sentimiento encontrado de rechazo e ineludible nostalgia. Esa mujer que juega con uno, lo manipula a su antojo, lo hace no perder nunca aquél resquicio de esperanza, por mínimo que sea, de poder cambiarla a ella. Pero no hay hombre que la cambie. Con resistencia numantina aguanta cualquier embestida y mantiene esa libertad que engatusa.

La femme fatale ciega de infatuación, y hace que los deseos se conviertan en sueños primero, pesadillas después. Por ella el corazón palpita a mil por hora, la razón se evapora, y las noches en vela se convierten en norma. Y cuando su efecto comienza a desvanecerse, como ocurre con cualquier otra droga, corre uno a buscar su dosis de maltrato que, paradójicamente, le va rompiendo el alma a uno poquito a poco pero le da la vida, o por lo menos la voluntad de seguir peleando por lograr satisfacer una meta que desde un inicio se antojó inalcanzable.

Y pasarán los años, las mujeres, las copas de vino y de ron, los ceniceros llenos, las camas frías, las veladas solitarias o en compañía. Vendrán hijos, luego nietos, y con suerte bisnietos. Se arrugará la piel, caerá el pelo, debilitarán los huesos y poco a poco se apagará la llama de la vida. Pero, así como el abuso de la droga deja secuelas, los abusos de la femme fatale dejan marcas en el alma que trascienden a cualquier etapa, circunstancia o incluso a uno mismo.