lunes, 5 de octubre de 2015

Un minuto y cincuenta segundos

Un minuto y cincuenta segundos.

Sentada en una silla en una esquina de la habitación, prende el cigarro. La llama alumbra momentáneamente la estancia. En el lado opuesto del cuarto, a unos tres metros y medio de distancia, acostado en la cama su marido duerme. Ella expira lentamente el humo inhalado. En su mano izquierda una copa de whisky barato. Entre sus piernas, la botella, con unos cuatro dedos de contenido. En su regazo, una pistola. Con su mano derecha, sostiene el pitillo recién encendido; también una bala.

Un minuto y veinte segundos.

Acerca el cigarrillo a la boca e inhala de nuevo. Aguanta el humo unos segundos hasta marearse, y lo suelta, esta vez más rápido. Acto seguido acerca el vaso a los labios de un movimiento rápido, con ansia. Lo agarra con fuerza. Inclina bruscamente la cabeza hacia atrás y engulle el whisky. Intenta controlar una mueca de asco que se esboza en su cara. Levanta la cabeza y observa la silueta de la enorme barriga de su marido. Lo escucha roncar. Otra mueca se dibuja en su rostro, esta vez de desprecio.

Un minuto y cinco segundos.

Le da otra calada al cigarro. Desenrosca la botella y llena torpemente su vaso. Vuelve a enroscar la botella y la coloca una vez más entre sus piernas. De un trago, bebe el whisky. Se inclina hacia delante para dejar el vaso y la botella en el suelo. Vuelve a inhalar al tiempo que se incorpora y deja caer la ceniza a sus pies, sin importarle. Coloca el cigarrillo entre sus labios, empuña el arma, tira de la corredera y apunta hacia su marido. No le tiembla el pulso, aunque le sudan las manos. Sin coger el pitillo, inhala y exhala. Quita el seguro y aguanta la posición. Aprieta el gatillo y...'click'. Nada. La bala continúa en su mano. El cargador de la pistola, vacío. El marido ronca.

42 segundos.

Se inclina. Vuelve a servirse otra copa, que bebe de un trago acto seguido. Posa el vaso a sus pies, junto a la botella. El cigarrillo continúa entre sus labios. Inhala y exhala por enésima vez, de nuevo sin utilizar las manos. La ceniza vuelve a caer en el suelo. Se levanta. Su cara, llena de ira. Da dos pasos hacia la cama, pero duda, retrocede y vuelve a sentarse. Inhala y coge el cigarro con la mano izquierda. Carga el arma semiautomática, levanta lentamente su brazo derecho, hasta llevarse la pistola a la boca. Abre la boca e introduce unos dos centímetros del cañón. Un escalofrío recorre su espalda. Esta vez, sí que le tiembla el pulso. Le castañean los dientes, que chocan contra el frío cañón del arma. A pesar de ello, quita el seguro. Deja pasar unos segundos y...click. Nada. La bala continúa en su mano. El cargador de la pistola, vacío. El marido ronca.

17 segundos.

Se vuelve a inclinar por tercera vez. Agarra la botella, se incorpora sobre la silla, y apura el contenido restante, bebiendo directamente de ella. La coloca vacía entre sus muslos. Los ojos se clavan en su marido. La mirada, inyectada en odio y sangre, es feroz. En su mano derecha, juega con la bala momentáneamente, antes de liberar el cargador de pistola, con el fin de cargarla. En la izquierda, con los dedos índice y anular, sujeta el cigarrillo, cerca de consumirse. Con la bala ya en el cargador, se lleva el cigarrillo a los labios, inhala y exhala. Lo deja en su boca. Con ambas manos, levanta la pistola y apunta a su marido. Carga y quita el seguro. Siete segundos, seis, cinco...entrecierra los ojos...cuatro, tres...sonríe...dos, uno...respira hondo y...suena la alarma. Abre los ojos. Lunes, seis y media de la mañana. Comienza a amanecer. A su lado, su marido ronca. 

domingo, 6 de septiembre de 2015

La fotografía y el beso

El calor era insoportable. A pesar del  bochorno, inusual para el mes de mayo en el norte portugués, Don Joaquim permaneció sentado en el mismo sofá viejo en el que su fallecida esposa yació durante meses antes de pasar a mejor vida un año atrás. Frente a él, una fotografía enmarcada de 1962 colgada en la pared. En ella, el matrimonio posaba radiante con su hijo de pocos meses en las escaleras de una iglesia.
La habitación era pequeña. En su día fue acogedora, cuando Doña Margarida, su difunta esposa, continuaba con vida. Hubo un tiempo en el que abundaban en dicho cuarto fotografías de días más felices para él, sobre todo de sus tres hijos y diez nietos en distintas etapas de su vida. Un par de muebles y una televisión habían completado la decoración, además del ya mencionado sofá. Con el fallecimiento de Doña Margarida se fueron las fotos, el televisor y los muebles, quedando tan solo aquella imagen antigua de los dos con su vástago, además del sofá.
Apenas sin pestañear, Don Joaquim permanecía con la mirada fija en la imagen, dejando pasar el tiempo, quizá con la esperanza de que a él también le llegase su hora. Había transcurrido un año desde el fallecimiento de Doña Margarida, y una vez más, como venía siendo costumbre, se hundió en sus recuerdos relamiéndose las heridas que dejan nuestros seres más queridos cuando se marchan a mejor vida. No tenía ganas de nada, pues todo le recordaba a ella: la pequeña finca familiar en la que tanto sudor invirtieron (y en la que antaño pasaba cada momento libre), las calles medievales de adoquines de la pequeña ciudad portuguesa en la que vivían, o sus iglesias románicas a las que juntos acudieron con asiduidad a profesar su fe. Hasta la idea de pasar tiempo con sus nietos, a los que tanto se habían entregado, le caía pesada. No concebía no ver a su esposa junto a ellos, mimándolos, engordándolos, cubriéndoles de sus famosos besos que dejaban un rastro de carmín en sus rostros, y que iban seguidos de una caricia con el dedo pulgar untado en saliva para borrar aquella huella de ternura.
Él mismo recibió millones de esos besos. Eran sonoros, como si Doña Margarida quisiese anunciar al mundo que había llegado para repartir amor. Don Joaquim se acordaba de muchos de ellos. ¡Cómo no hacerlo! En particular, guardaba especial cariño a uno que recibió de ella minutos antes del bautizo de su hijo primogénito, João Paulo. Corría el año 1962, y la pareja -jubilosa por la importancia que para ellos tenía dicho ritual- se encontraba a las puertas de la Iglesia de la Oliveira, listos para adentrarse en el templo y proceder con la ceremonia. En las escaleras de piedra de aquella preciosa iglesia románica de estilo manuelino -la misma de la fotografía-, ella se paró con el bebé en brazos, apartó brevemente la mano derecha de la espalda del niño y agarró la izquierda de su marido, tirando de él. Don Joaquim giró su torso hacia el de ella y se buscaron con los ojos. Se clavaron las miradas durante varios segundos, con radiantes sonrisas en sus caras, sin decirse nada. La felicidad era más que palpable sin que fuese necesario formular palabra. Tras varios segundos hechizados por la relevancia que para ellos suponía el momento, ella acercó sus finos labios pintados de rojo a la mejilla de su marido, los posó, y plasmó sonoramente todo su amor en la faz de Don Joaquim. Él cerró los ojos y quiso que aquello durase para siempre.
Para su pesar, al abrir los ojos se dio de bruces con la realidad. Ella no estaba allí. Se tocó la cara con la falsa esperanza de sentir con sus arrugadas yemas la huella pegajosa que deja un beso adornado con lápiz de labios. En su lugar se encontró con sus propias lágrimas, que humedecían su mejilla. Se echó las manos a la cara, el torso hacia adelante apoyando los codos en la rodillas, y lloró desconsoladamente durante horas. De cuando en cuando, levantaba la mirada y la fijaba en la fotografía, buscando en la imagen de ella esos ojos cómplices que tanto le dieron durante 54 años de matrimonio. Pero en la instantánea, Doña Margarida los tenía perdidos en el infinito.
Fue entonces cuando Don Joaquim comprendió, tan solo un año después, que aquella mirada no volvería a buscarlo, y que ya no escucharía aquellos sonoros besos que tanto amor repartieron. Levantó la cabeza y el tronco, apoyando la espalda en el sofá. Respiró hondo, y con la mirada puesta en la fotografía, se levantó y caminó hacia ella. Se paró a pocos centímetros y decidió observarla unos segundos más, esta vez tratando de esbozar una sonrisa. Descolgó con cuidado el marco de la pared y acercó sus labios a la mejilla de la imagen de su difunta esposa para colocar en ella un sonoro beso, tal y como ella acostumbraba a hacerlo. Apartó el marco de su boca y lo volvió a colgar. Retrocedió lenta y solemnemente con pies de plomo en dirección a la puerta, como queriendo prolongar su salida, al tiempo que mantenía la mirada fija en la fotografía. Finalmente, y tras varios segundos que parecieron una eternidad, se colocó bajo el marco de puerta.
—Hasta pronto, querida —murmuró.
Acto seguido, se dio la vuelta y salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Jamás volvería a entrar en él. Jamás volvería a contemplar la fotografía.

martes, 28 de julio de 2015

De anillos y puntos aparte

Pasan los días y se van sumando anillos al tronco de la vida. Alguna cana. Unas entradas un poquito más profundas. Destinos y mujeres que van quedando atrás, dejando un rastro de nostalgia; de 'saudade', que tan bien define la lengua lusa. Amigos que se van para no volver -demasiados- y otros nuevos que llegarán (pocos pero buenos). Caminos que se tuercen, otros rectos, pero siempre con paso decidido hacia la incertidumbre (irónico esto último). Incontables excesos, vasos de tubo, nubes de humo, ceniceros llenos y tabiques rotos. Madrugadas de euforia, tardes de remordimiento, noches de perdición. Muchas camas ajenas, muchas ajenas en mi cama. Y luego surje el amor, añadiendo más anillos a ese árbol; al menos es la sensación. Miles de besos, casi tantos gritos, interminables sesiones de Skype, perennes dudas recurrentes  y grandes dosis de fe, confianza ciega en lo absurdo y pasión. Idas y venidas, subidones y bajones. Anillos que se siguen sumando. Y ni un punto y aparte, como la vida misma.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Una noche de insomnio


Madrid. 3.53 de la madrugada. 28 de diciembre. Domingo. El Sr. M se retuerce en la cama desde hace varias horas. Es ya la cuarta noche consecutiva en la que su viejo enemigo, el Insomnio, le vuelve a hacer compañía.  Hacía tiempo que no le visitaba. Y como siempre, se dejaba caer por sorpresa.

-Hijo de puta, no me dejas en paz ¿eh? Pasa, pasa, ponte cómodo. Estás en tu casa-, le dijo.

Pero esta vez con el Insomnio volvió otra vieja conocida: la Inspiración. Algo desmejorada, pero estaba de vuelta.  De esto no tenía quejas. De hecho, se alegró de verla. Se preguntó dónde cojones se había metido su única y verdadera amiga. Aquella que nunca le había abandonado en los momentos más bajos. Aunque agradecido por su incondicional apoyo, también se cuestionaba por qué la mayoría de visitas se producían en situaciones de tormento, y nunca o casi nunca en los momentos de jolgorio y felicidad (que los había). Siempre le había ofrecido un hombro sobre el que llorar, estaba claro, pero quiso exigirle un poco más de constancia, vaya. Ella se excusó diciendo que había estado muy ocupada, que había tenido que acudir al rescate de muchos pseudo-escritores frustrados.

-No sabes como se está poniendo el mundo de melodramáticos -le dijo-. No es que me queje, pero entiéndeme, es que no me dejáis en paz.

-Bueno, pero hoy no te he pedido que vengas. Estoy bien…creo- replicó el Sr. M.

- ¿En qué quedamos? ¿Te alegras o no de mi visita? Nunca sabes lo que quieres. Veo que no cambias. Bueno, cuéntame. ¿Qué pasa?

-Pues eso mismo…

-¿El qué?

-Pues eso, que nunca sé lo que quiero.

La Inspiración se puso cómoda, pues sabía que iba para rato. Mientras, el Insomnio merodeaba por ahí, como si con él no fuese la cosa. El Sr. M, ya familiarizado con estas terapias, se relajó y dejó que fluyesen sus pensamientos. Charlaron largo y tendido. Comenzó por compartir con su querida huésped la angustia que le producía el no saber hacia donde se encaminaba su vida. Literalmente,  desconocía lo que buscaba en ella y lo que ella demandaba de él. Un día quería ser emprendedor, al siguiente seguir con su trabajo actual, más tarde apostar por la escritura, y posteriormente por la vagabundería. Tampoco había una semana que no pensase en subir de peldaño en su formación académica. Había mañanas que quería hacerlo todo al mismo tiempo y mañanas que deseaba no existir.  Por supuesto, todo esto en lugares remotos. Es más, cuanto más remotos, mejor. Ella le contestaba diciendo que eso era normal, sobre todo a su edad. Pero él decía que no, que lo suyo era de estudio. Que no se conformaba con nada y al mismo tiempo con todo. Que su vida era una pelea constante de fuerzas, deseos, ideas, proyectos e impulsos, cada cual barriendo para su lado, tirando de una soga amarrada a su cuello cortándole la respiración. Un oxímoron permanente. Un desbalance de voluntades.

-¡Qué exagerado eres! ¡Estás hecho una drama queen, como dicen los gringos! -, le espetó ella.

-¿Me vas a escuchar o qué? ¡Si has venido para tocar las pelotas puedes largarte por donde viniste! -, le contestó él.

-Además de quejica, agresivo. Lo que tiene que aguantar una-, murmuró ella en un tono casi imperceptible.

-¿Qué dices?

-Nada, nada. Que hables, que me encanta escucharte-, contestó ella con ironía, al tiempo que el Insomnio sonreía maliciosamente, pues sabía que esta tensión entre los dos amigos le permitiría quedarse más de lo esperado.

Y el Sr. M se relajó de nuevo y, una vez más, dio rienda suelta a su desorganizada mente, continuando con sus dudas académico-profesionales. Un tema llevó al siguiente, y como siempre, se fue por las ramas y sin darse cuenta se vio hablando de cuestiones de fe (o falta de ella). Comentaron que en (raras) ocasiones era un ferviente creyente del más allá,  en un ser superior y benevolente, y en el perdón de los pecados, por los siglos de los siglos, Amén . En otras –la mayoría- era un simple agnóstico, un ambiguo de las creencias sobrenaturales, de esos que te dicen “Yo nosialomejor creo”. Una puta de la fe, vamos. Y en muy contadas instancias, ya casi ninguna, se sentía atraído por el ateísmo.

-Y ahora, ¿qué eres?

-Pues no lo sé.

-¿Cómo que no lo sabes?

-Pues ni idea, tía. Ateo, no creo que sea. Hoy por hoy me encuentro en una posición intermedia entre el agnosticismo y la fe. Es decir, en una cuarta categoría a la que todavía no he puesto nombre.

-¿Una puta de la fe a tiempo parcial?

-No me gusta como suena, pero sí, podría decirse que sí.

La Inspiración suspiró, como queriendo indicar que su amigo era incomprensible. Un caso no apto para ser estudiado, pues desquiciaría al más paciente y cuerdo de los sabios. Y tras varios intentos fallidos de resolver el asunto de la fe, pasaron a la cuestión del amor. Que si a esa le dio todo, que si a la otra nada, que si a aquella todo y nada, que si esta es la definitiva, que si no lo es, que si todas valen, que si ninguna vale, que si todas y ninguna, que si la filipina , que si la blanca, que si la china o la colombiana, la alta, la flaca o la baja, la fresca o la más puritana. Nunca. Estaba. Conforme. Ni ellas con él, todo hay que decirlo. Sea lo que fuere, en asuntos del amor, como ocurría con cualquier otro aspecto de su vida, tenía la picha hecha un lío.

Se encontraba el Sr. M enredado en las ramas de su intelecto, cuando un profundo ronquido le interrumpió. Levantó la mirada y se percató de que sus dos acompañante nocturnos, el Insomnio y la Inspiración, habían caído fulminados. Una vez más, esos incansables compañeros de mil y una noches de tormento y dudas, no pudieron aguantar las batallas internas del Sr. M y desfallecieron en el intento de comprenderlo. Se sintió tentado de despertarlos, pero al reparar que eran ya las 5.53 decidió dejarlos dormir. Ya acostado, mientras se le cerraban los ojos, le vinieron a la mente unos versos de H Roto.

“Si todo lo que escribí no sirvió de nada.
Sólo pienso en el futuro, eso me está matando;
antes volaba una cometa, con eso bastaba.”


Y sin haber resuelto absolutamente nada, pero satisfecho por la visita de una muy desgastada Inspiración, por fin consiguió conciliar el sueño.

domingo, 10 de agosto de 2014

La ola

Tras varios minutos remando para cruzar la barrera de olas, finalmente se sentó sobre su tabla de surf de siete pies, con la punta orientada hacia la inmensidad del Mar de la China Meridional. A sus espaldas, la playa. Y en poniente, el sol se esfumaba por la fina ranura que separa el cielo y el agua, al tiempo que le tostaba las partes de su cuerpo no cubiertas por bañador ni camiseta de lycra.

Respiró profundo. Con cada bocanada, se aislaba más del mundo que quedaba al otro lado de la orilla. Sonrió.

El agua era cristalina, a pesar del revuelo causado por la corriente y las olas, lo que le permitía apreciar un fondo semi-rocoso. Su temperatura, perfecta.

Y ahí, sentado, reflexionó sobre su vida en un suspiro:

Madrid y Oporto hechas carne. Iberia en un cuerpo.
Luxemburgo. Recuerdo borroso. Nieve.
España, de nuevo. Alicante. Infancia.
Una lluviosa Inglaterra, Newbury.
Y una vez más Alicante. Adolescencia.
Madrid, la capital.
Medio Oeste norteamericano en Saint Louis. Errores. Enseñanza.
Regreso a Madrid, y agobio; claustrofobia.
Nigeria, África, un sueño…una decepción. Lección de vida. Aprendizaje.
Egipto, caos, pirámides. Amor, pasión, engaño y desamor.
Pero antes, Colombia. Reencuentro.
Y entre destino y destino, decenas de viajes.
Pueblos, ciudades, países, continentes. En general, paisajes.
Filipinas en ese instante.

En el horizonte, observó que una línea de olas comenzaba a formarse, lentamente acercándose hacia él. Era el momento que llevaba semanas esperando.

Con un movimiento de torso hacia la izquierda, e impulsándose con sus piernas, colocó su tabla en paralelo a la playa. La llegada del oleaje era inminente. Dejó pasar la primera ola. Y la segunda. Hizo un amago de tumbarse para coger la tercera, pero logró vislumbrar la cresta de la cuarta, y se convenció para esperarla.

Lisa, Perfecta. Esa. Esa era.

Una vez más, giró su tabla, esta vez posicionándola apuntando a la costa, sutilmente hacia la izquierda, pues era la dirección en la que rompía el oleaje. Comenzó a remar, primero ligeramente, después con más fuerza, a medida que se le acercaba la masa de agua, que finalmente se le echó encima. Tras unas últimas brazadas, se dejó impulsar por la fuerza de la ola, dejando una estela detrás de él. En una sucesión de movimientos intuitivos, alzó el pecho, clavó su rodilla derecha en la tabla, levantó su pierna izquierda seguida de la otra, para finalmente incorporarse. Con un rápido juego de pies, giró su cuerpo colocándose con la tabla de nuevo en paralelo a la arena, así como su cuerpo. Y se deslizó por la ola.

Con las piernas flexionadas para mantener el equilibrio, extendió su brazo izquierdo, dejando que su mano marcase en el agua el recorrido de su ejercicio. Simultáneamente, posó ligeramente la vista en el paisaje que se extendía más allá del agua. Su cerebro intentó copar con la inmensidad del momento.

La colina cubierta de verdes plantas tropicales. El pueblecito de casas de madera y cemento, con tejados de distintos colores. Otros surfistas observándole, esperando su oportunidad de encontrarse donde él. La arena oscura. Las rocas. El sonido de la cresta derrumbándose a sus espaldas. El agua escurriéndose por su cara hasta llegar a su boca, dejando un rastro de sal en sus labios. La brisa marina. El atardecer surasiático. Todo, absolutamente todo, formaba parte de una composición; de una gran obra integrada por elementos que en su conjunto llegarían a formar un recuerdo para no olvidar.

Y embaucado por la magia de la experiencia, fue ahí que entendió un poquito mejor que la vida no es más que una ola que hay que aprender a cabalgar.

miércoles, 16 de julio de 2014

La inspiración, bendita puta de bar

La inspiración, bendita puta de bar que viene y va. Juega con nosotros, con vosotros, con ellos. Un día está, al día siguiente se esfuma tan pronto como llegó.  Sin explicaciones. Sin más.

La inspiración no tiene dueño, patria ni hogar. Es de aquí y de allá. Tampoco tiene raza. Ni religión. Ni ideología.

La inspiración nos hace reír y llorar; amar y odiar. Con ella nos sentimos más vivos, o más muertos, depende, pero sentimos. Sentimos.

Folios teñidos de tinta.

O papeles en blanco. Porque, ¿qué es de la inspiración cuando nos falta? ¿Adónde va? ¿A quién se lleva?

¿Se lleva, acaso, los recuerdos que deambulan por nuestra cabeza y dejan escapar un aire de lo que había dentro pero nunca imaginaba salir? ¿Se lleva esa sonrisa, tan bien ganada, de ésa chica, en ése café de Buenos Aires en el 2008? ¿Se lleva el olor a pastel de zanahorias o se lleva ése increíble oso azul con alas del que tanto nos habló la magia de las guitarras de Led Zeppelin un domingo de vicios en Holanda?

No, me niego a pensarlo. Todo eso está ahí, deambulando por alguna neurona que, respondiendo a un ataque emocional, no carga y descarga la energía que transfiere esos recuerdos a la otra neurona. En su lugar, los hace viajar hasta encontrar el punto en el que el impulso impone en primer plano de la mente esa sonrisa, tan bien ganada, de ésa chica en ése café de Buenos Aires en el 2008. Y de ahí uno puede saborear la historia que llevó a ese recuerdo.



TEXTO ESCRITO A CUATRO MANOS (20 DEDOS) CON MRS. JANE DOE, AUTORA DEL BLOG http://caffemorrison.blogspot.com/

miércoles, 4 de junio de 2014

Lágrimas en la madrugada

Ahmed se despertó con los primeros rayos de sol bañándole la cara. Gamal, su hermano menor, dormía a su lado, con la cabeza recostada en el hombro de Heba, su madre, quien también se encontraba sumida en un profundo sueño.
Vivían a la intemperie. Durante el día, vagabundeaban por las calles de Zamalek - una de las zonas más afluentes y emblemáticas de El Cairo -, normalmente a las puertas de alguno de los múltiples bares y restaurantes que llenaban el barrio.
Por las noches, se refugiaban detrás de la poca intimidad que podían ofrecer un par de contenedores de basura, con pedazos de cartón podrido y mugriento haciendo de colchón.

No siempre la calle fue su hogar. Hubo un tiempo en el que dormían bajo un techo, más bien humilde, pero un techo, a fin de cuentas. Pero de eso, hacía ya años; los mismos que tenía el pequeño Gamal, el cual había nacido tan solo unos meses después del fallecimiento de su padre, víctima de un cáncer.

Su madre, viuda, emigrante del sur del país, sin familia en la ciudad, sin trabajo y con dos bocas pequeñas que alimentar; se vio incapaz de hacer frente a los gastos de alquiler del modesto apartamento de una habitación en el que vivían, pues le resultaría imposible compaginar un trabajo con hacerse cargo de las criaturas.

Durante los primeros meses tras la muerte de su marido, se dejó cortejar por varios hombres, la mayoría amigos y conocidos de su difunto esposo, como a menudo mandaba la costumbre egipcia. Era consciente de que sola no podría sacar a sus hijos adelante. Tenía que volver a casarse. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que ningún hombre no solo no querría hacerse cargo de ella a su edad, si no mantener y educar a dos niños ajenos como si fuesen propios.

Estaba desesperada. Sin familiares cerca en los que apoyarse, intentó pedir ayuda a vecinos y amigos, los cuales se la ofrecían durante un tiempo, hasta que terminaban hartándose de tener que cargar con los gastos de una familia de tres.

Tras cinco meses del fallecimiento del padre de Ahmed y Gamal, consiguieron que Fatma, una amiga íntima de Heba, y su marido Amr les alojasen. Vivían en la parte más humilde de Mohandeseen, un barrio cairota donde en un mismo kilómetro cuadrado podían estar cerrándose simultáneamente acuerdos comerciales entre las principales empresas egipcias o las mafias de tráfico de hachís más importantes del país. Era, sin duda, un barrio de contrastes. Un reflejo de la sociedad de aquella inmunda ciudad.

Fatma y su marido Amr no tenían hijos, pues él era estéril, algo que marcó su carácter para siempre, convirtiéndolo en un hombre reservado, amargado y a menudo agresivo. Ahmed y Gamal le tenían miedo. Su mirada no era transparente y ellos lo notaban. Es más, a pesar de su corta edad y aparente inocencia, eran capaces de percibir el odio injustificado que Amr les profesaba.

“No nos gusta como nos mira”, se quejaban a menudo los pequeños a su madre, la cual intentaba tranquilizarlos prometiéndoles que pronto volverían a casa. Pero ese día tan ansiado no llegaba, aumentando la tensión entre Fatma y su esposo, pues ella era partidaria de hospedar a su amiga el tiempo que fuese necesario, mientras que él, lleno de egoísmo e incapaz de sentir ni un ápice de lástima por Heba, se oponía a la idea. Esta animadversión hacia la huésped y su familia se hacia más evidente las noches que Amr bebía, pues pasaba de reflejarse en la mirada y el lenguaje corporal a traducirse en palabras agresivas y vejaciones, a lo que los niños y su madre no podían responder como deseaban debido a la delicada situación en la que se encontraban.

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Habían pasado dos meses desde la llegada de Heba y los niños cuando Fatma tuvo que partir hacia Alejandría, su ciudad natal y donde todavía residía la mayor parte de su familia. Su hermana acababa de dar a luz a su tercer vástago y necesitaba ayuda en casa. A Heba le inquietaba la idea de pasar varias semanas sin su amiga, pues sabía que sin ella sería difícil continuar conteniendo a Amr y su voluntad de expulsarles de casa.

Como cada noche, Ahmed y Gamal dormían plácidamente a escasos metros de Heba, compartiendo un viejo colchón colocado en el suelo del salón-comedor-cocina, junto al sofá que hacía de cama para su madre. Habían pasado tres semanas desde que Fatma viajase al norte del país. Desde entonces, Heba había relevado a su amiga en el desempeño de las tareas domésticas. A diario, dejaba comida preparada para Amr, quien regresaba del trabajo a altas horas de la noche, normalmente en un alto estado de embriaguez.

Heba solía acostar a los niños temprano con el fin de evitar que se encontrasen con su anfitrión y que éste pudiese descargar toda su furia y frustraciones en ellos, durante alguno de sus múltiples ataques de ira. Ella, incapaz de conciliar el sueño con la facilidad que lo hacían sus hijos, esperaba acostada a que Amr llegase, fingía estar dormida mientras éste devoraba con ansia la comida que su huésped le había preparado, y una vez este caía rendido en su cuarto, volvía a abrir los ojos para observar a sus dos retoños, esperando encontrar una solución a su situación desesperada en la soledad de la madrugada cairota.

Botella de cerveza en mano, aquella noche Amr llegó más tarde de lo habitual. Entró en el pequeño apartamento dando tumbos. Asustada por el tumulto que éste estaba causando, Heba cerró fuertemente los ojos, suplicándole a Allah que los niños no se despertasen, al tiempo que Amr destapaba la cazuela de kushari que ésta había preparado para él. 

De pronto, un fuerte estruendo hizo que abriese los ojos y se incorporase en el sofá. Heba pudo observar que la tapa metálica de la cazuela se encontraba en el suelo, cerca de los pies de Amr, girando sobre si misma como una peonza impulsada por la violencia con que éste la había lanzado.

-       “¿Qué es esta mierda?”, gritó él, poseído por la rabia y los efectos del alcohol.

-       “Es kushari. Le he puesto los mismo ingredientes que siempre”, contestó ella sin mirarle a los ojos, con la mirada fija en el suelo.

-       “¡No sabe a nada!”, exclamó él enfurecido, alzando todavía más la voz.

-       “Por favor, no grites. Cocinaré lo que desees en este instante, pero te lo suplico, baja la voz. Los niños están durmiendo”, suplicó Heba.

Movido por la ira, Amr dio un manotazo a la cazuela, haciéndola caer al suelo y provocando que la comida quedase desparramada sobre las baldosas del piso. Despertados por el alboroto causado, Ahmed y Gamal comenzaron a llorar desconsolados. Heba hizo un amago de girarse, dispuesta a consolar a sus hijos, ubicados detrás de ella, pero un fuerte agarrón del brazo hizo que se quedase donde estaba.

-       “¿A dónde crees que vas? ¿Crees que esto se limpia solo?”, gritaba furioso Amr sin soltar el antebrazo de Heba.

-       “¡Déjame!”, sollozó ella al tiempo que peleaba por deshacerse de las garras de su agresor para atender a los pequeños.

Tras varios segundos de forcejeo, logró desprenderse de un cada vez más alterado Amr, se giró y se agachó para consolar a Ahmed y Gamal, que seguían llorando sobre el colchón. Rojo, con los ojos inyectados en sangre, sudando; Amr estaba fuera de control. Con un movimiento rápido, el encolerizado anfitrión del modesto apartamento agarró por la nuca a su huésped, tirando de ella hacia él, y provocando que el hiyab se deslizase hacia atrás, dejando la mayor parte de su cabeza al descubierto.

Los gritos de Heba eran ensordecedores, tanto como el llanto de sus dos retoños. Intentó huir sin éxito, pues Amr se había apresurado a agarrarla por la cintura con su mano libre, levantándola del suelo. Las patadas y puñetazos de la madre no impedían a su agresor avanzar con paso decidido y mirada perdida hacia el único cuarto del apartamento. Sin molestarse en cerrar la puerta del todo, Amr lanzó a Heba violentamente sobre la cama. Como un animal en celo, se abalanzó sobre ella, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre el de ella. Éste le puso una mano sobre la boca, con el fin de acallar sus gritos, al tiempo que comenzaba a besarle el cuello y la cara. La situación en la que se encontraba, unida al fuerte olor a alcohol  y tabaco que desprendía Amr por la boca, le causaban arcadas. Él deslizó dos de sus mugrientos dedos dentro de su boca, provocándole involuntariamente el vómito.

-       “¡Cerda! ¡Mira como has puesto todo!”, gritó él, acompañando su berrido de una fortísima bofetada.

La intensidad del golpe fue tal que Heba quedó semi-inconsciente. Con la mirada perdida en ninguna parte, dejó de forcejear, incapaz de continuar peleando por su dignidad. Cubierta en vómitos, sangre, sudor y lágrimas, notó como Amr le levantaba la galabiya, a lo que fue incapaz de oponer resistencia. Sus gruesos y sucios dedos recorrieron con ansia cada parte del cuerpo de ella durante varios minutos, antes de bajarse los pantalones y la ropa interior, para finalmente penetrarla.

En estado de shock y todavía aturdida por el fuerte golpe que el monstruo que yacía sobre ella le había propinado hacía unos minutos, Heba apenas reaccionaba. Con cada impulso de él, ella perdía un pedazo de su alma. En el salón, Gamal continuaba llorando. Ahmed, el mayor, se acercó a la puerta, que seguía entreabierta. Sin acabar de entender lo que ocurría, pero a sabiendas de que su madre estaba sufriendo, quedó paralizado, observando como Amr continuaba abusando de su madre. Tras varios segundos intentando comprender la escena de la que era testigo, su mirada se cruzó con la de su progenitora. A ella, una tremenda sensación de impotencia le invadió al percatarse de la presencia de su hijo. Quiso chillar, decidle que corriese, que gritase, que pidiese auxilio. Pero ni de pestañear era capaz. Ahmed, petrificado, tampoco conseguía reaccionar. Había perdido su inocencia para siempre.

Tan solo una lágrima que corría lentamente por la mejilla de la madre hacía indicar que quedaba algo de vida en la pobre mujer. Al verla llorar, los ojos de Ahmed también se humedecieron. Y en la soledad que les envolvía, con los gemidos de animal de Amr y el sonido del crujir de la vieja cama de madera de fondo, se miraron, llorando, sin mediar palabra. Poco después, Amr se incorporó, se subió la ropa interior y los pantalones, lo que hacía indicar que había terminado su cruel y cobarde faena. Salió de la habitación dandole un leve empujón a Ahmed, que ni se inmutó. 

-       “¡No te olvides de limpiar el suelo de la cocina!”, gritó antes de abandonar el apartamento tras un portazo.

El silencio de la noche envolvió a esas dos almas cuya vida, o la poca que les quedaba, cambiaría para siempre. Madre e hijo permanecieron en silencio sin moverse, con la mirada fija el uno en el otro, derramando lágrimas hasta el amanecer, llenando el pozo de miseria en el que se hallaban.



CONTINUARÁ